jueves, 19 de julio de 2012

“La palabra siempre es insuficiente”



Por Javier García Wong - Kit

El escritor Ricardo Sumalavia acaba de publicar Mientras huya el cuerpo, una novela etiquetada como “neopolicial”, fruto de una imagen que lo persiguió durante años, de las digresiones de los recuerdos y palabras encendidas como antorchas a lo largo del camino de su escritura. Esta entrevista, que no ocurre en Lima ni en Burdeos (aunque las preguntas salieron de la primera ciudad y las respuestas de la segunda) se dio en el ciberespacio, en donde las palabras no tienen sonido y el imperio de las imágenes sólo deja la enigmática portada de su libro, un homenaje a la Venus del espejo, de Velázquez, y un preludio a las historias que encierra la segunda parte de la Trilogía de la levedad, que escribe el autor peruano.   
 
Mario Bellatin decía en una entrevista que “la literatura peruana sigue siendo conservadora”. Inmediatamente pienso en los últimos libros de Alfredo Bryce y Mario Vargas Llosa.
Yo estoy de acuerdo con la afirmación de Mario Bellatin, si es que estamos hablando solo de la narrativa. Gracias a que la biblioteca de la Universidad de Burdeos está muy bien actualizada con la literatura latinoamericana, puedo estar bastante al día de lo que se escribe en todos estos países. Sin embargo, la narrativa peruana no es la que precisamente llama mi atención. Por supuesto, hablo del conjunto, no de individualidades.

¿Por qué hay tan pocas propuestas literarias arriesgadas incluso entre los narradores jóvenes?
En realidad, esto no tendría que sorprendernos. Siempre ha sido así. Si vemos un poco en la historia, mientras en el resto de América Latina de finales de siglo se escribían, cuentos y novelas notables, en el Perú apenas si tenemos autores interesantes (que los hay). Si hablamos de vanguardia narrativa, salvo La Casa de Cartón, de Martín Adán, no hay nada digno de llamar vanguardista. Me imagino que habrá profesores y críticos que defenderán a sus escritores de segunda fila, pero eso es otra cosa. Nuestra tradición en la narrativa es muy frágil, pero eso no quita que haya autores que hayan logrado libros incluso más allá de su propia tradición. El mismo Bellatin es uno de ellos.

¿Hay escritores peruanos jóvenes que encuentres interesantes?
Sin duda. Pero creo que todavía es muy pronto para hacer balances. No se trata de una carrera de caballos ni de imponer relevos. El proceso creativo de un prosista toma mucho más tiempo a la de otro creador. Por ejemplo, estamos viendo recién libros maduros de Daniel Alarcón, Diego Trelles Paz, Carlos Yushimito y otros. Si llegó el momento de que nuestra tradición se vuelva más sólida, tanto mejor. Lo que me interesa, insisto, más allá de las edades, es la lectura de libros que me muestren que su escritura misma está en estado de crisis, libros que reinventan sus formas porque saben o intuyen que la palabra siempre es insuficiente.

En tu caso, ¿cómo nació la idea de escribir un “neopolicial”?
En realidad, lo del término “neopolicial” vino ya en el proceso editorial. No lo tuve, ni me interesaba tenerlo, como precepto de todo el libro. Lo que tuve primero fue un cuento que yo asumí al principio como policial. Lo digo así porque luego acepté que no puedo entrar a ningún género de una manera ingenua. Siempre termino por quebrar todas las reglas que tenía al principio como premisa.

¿Cómo decides qué forma debe tener un libro como Mientras huya el cuerpo que bien pudo ser un diario, un thriller o una novela histórica?
La estructura vino como una consecuencia natural, dada las formas de mis otros libros. Ya tenía la idea de escribir una trilogía que empezara con Que la tierra te sea leve. Quería entrar a ese universo de la levedad, de la identidad difuminada, desde otras aristas. De allí que esta vez utilizara esta estructura, que me involucrara de otra manera con el texto. 

Entonces, ¿cuál es tu relación con los géneros literarios?
Ninguno de mis libros corresponde a un género específico. Los hemos llamado cuentos, microcuentos, como novelas, porque siempre tenemos necesidades de identificar todo.  Creo que esto limita más que enriquecer la lectura. Claro que uno parte de ciertas reglas, como asumimos nombres o roles, pero luego les vamos dando forma propia, distinta, que puede ser todos los géneros, como ninguno. El “neopolicial”, entendido como un texto que toma elementos del policial clásico o de la novela negra para transgredirlos e ir más allá, podría tener mucho futuro. Hace unos años nadie hubiera pensado que el cuento fantástico iba a tomar tanta fuerza como la tiene ahora.

¿Cómo fueron llegando a ti historias como la de Mary Richardson?
Cuando empiezo a escribir un libro, suelo tener imágenes claves. En este caso fueron las cuchilladas que le dio un hombre a su esposa en plena calle. Esta imagen me persiguió por todas partes. Veía navajas y acuchillados en todo. Fue así que llegué al alguna vez acuchillado Samuel Beckett, o a la Venus del cuadro de Velázquez que fue atacada por Mary Richardson, o las aventuras de rufianes parisinos de comienzos del siglo XX, alrededor de una joven y atractiva prostituta conocida como la Casque d’Or. Claro, una vez recuperado el dato, iba a todas las fuentes posibles. Y así encontraba otras cosas más.

¿Cuál fue el proceso de escritura de Mientras huya el cuerpo?
En el caso de este libro, fue a mano, en un cuaderno escolar. Lo escribí en una de las salas de una biblioteca de barrio en Burdeos, por las tardes. Nada de música, nada de internet. Luego compraba el pan y volvía a casa. Una vez terminado, fue mi esposa quien pasó todo en limpio. Casi siempre ha sido así. Después puedo pasar a las diferentes versiones y revisiones.

¿Cómo decides qué dejar fuera de un libro tan fragmentario como este, tan lleno de anécdotas personales y de distintas historias?
Este es un libro que parte de cierta idea de disgregación, de fragmentarse y, por qué no decirlo, de irse por las ramas. Pero esto es solo una ilusión. Lo que pretendo es que el lector termine por darle a todo el conjunto cierta unidad  mayor que sobrepase al texto mismo. En ese sentido, cada fragmento tiene su razón de ser y estar en esta novela. Y, obviamente, me detengo al tener la impresión de estar tensando demasiado la cuerda, cuando me alejo demasiado del ritmo interno que estoy tratando de dar.

Hay algo o mucho de psicoanálisis en la novela. Además de los años del terrorismo, la muerte y los recuerdos de infancia, ¿qué otros temas o historias te interesan?
No es una novela que se valga del psicoanálisis como mecanismo de escritura. Digamos que de algún modo es proustiana. Solo que en lugar de magdalenas cuyo aroma despierta la memoria, en mi caso son las imágenes, las propias palabras las que activan el recuerdo de otras, pero solo con el fin de darle un nuevo sentido a la imagen primera. Y es en ese ir y venir que tuve que pasar por lo vivido en determinados momentos de mi vida que van desde los setenta hasta la actualidad. Y a través de los recuerdos de los libros leídos el espectro se amplía incluso más. Planteado así, para mí fue mucho más factible desarrollar también los otros temas que persiguen, como la ciudad de Lima, la fragmentación de la identidad y cómo ésta se reconstruye en la palabra. Y habrá más temas, espero; de aquéllos de los cuales uno nunca llega a tener clara conciencia.

Hace poco comentabas que no te parecía justo que se diga que un escritor no puede escribir de un lugar que no conoce (estoy parafraseando) ¿Hasta dónde puede ir la imaginación sin apoyo de la información?
Me he dado cuenta de que con cada libro me interesa menos la historia, el argumento. Es decir, va a estar de todos modos, pero no es lo que motiva mi escritura. Las historias solo se vuelven pretextos, una cáscara, y la importancia que vayan a cobrar, si es que la cobran, es porque el propio acto de la palabra escrita les da significación. Es por eso que podríamos escribir sobre cualquier hecho que parta de la realidad o no. Pero es ingenuo pretender abarcarlo todo. Más vale hurgar dentro de nuestros propios costales. Y la investigación, pues es para que ese pretexto llamado historia asuma el rostro que le quieras dar. Yo no investigo para encontrar la verdad de mi historia. 

Cambiando de tema, ¿en qué afecta la vida o carrera de un escritor con una agencia literaria como Schavelzon?
La tarea de un agente es encontrarte una editorial –en tu lengua y en otras-, y luego facilitar y mejorar las condiciones en los contratos de tus libros. Y aquí no hay reglas fijas. Lo primero que puede cambiar en tu vida es que sea el agente quien reciba los portazos de las editoriales y no tú. Y eso se agradece. Claro que también es gratificante cuando te escribe o te llama por teléfono para decirte que hay una propuesta interesante de publicación. Pero aparte de todo esto, no hay un cambio sustancial en tu vida. Sigues con tus trabajos, la vida de siempre. Claro, todo esto lo haces con más tranquilidad porque sabes que hay alguien que apenas reciba tu manuscrito se va a poner a trabajar en ello. Y tú puedes continuar con lo mejor que sabes hacer, que es escribir, y no negociar.

Es verdad también que hay agencias de diferente nivel, con mercados diferentes. En mi caso, yo me siento muy agradecido con el trabajo de cada uno de los integrantes de la agencia Schavelzon. Y llegué a ellos casi por casualidad. Yo había llegado a un trato con una agencia literaria muy pequeña de Madrid, que recién comenzaba, y a los dos días me llama este agente para decirme que ellos acababan de asociarse con una agencia más grande, con sede en Barcelona, y que iban a ser ellos los que en adelante se ocuparían de los escritores latinoamericanos. Un par de horas después quien me llama por teléfono es Guillermo Schavelzon para darme la bienvenida a su agencia. Así empezó todo.   

Hace unos meses vino a Lima un escritor peruano quien publicó en una editorial española importante. Él comentaba que nadie lo conoce en Perú, lo que le daba un poco de pena. ¿Cómo afecta la popularidad a un escritor o el hecho de tener lectores y recibir críticas buenas y malas?
Lo que me cuentas de ese escritor peruano es una prueba de que lo que pasa en España: a nivel editorial ya no es garantía de nada. Los tiempos son otros. Ahora las redes sociales e internet, sin importar dónde hayas publicado, te pueden proporcionar más lectores que como se hacía con los canales tradicionales. Pero hay que precisar que popularidad, lectores y crítica ya no van necesariamente de la mano. Y los grados de afectación son muy diversos. Más de uno se ha pegado un tiro ante la indeferencia.

¿Qué haces después de terminar una novela que te ha tomado tantos años escribir?
Desde la publicación de mi segundo libro, Retratos familiares, siempre he tenido la primera versión de otro manuscrito a la mano. De ese modo no paso por periodos de angustia. Luego viene el proceso de revisión y reescritura de ese otro libro. Y cuando lo dejo reposar, empiezo a tomar notas para el siguiente. Por ejemplo, ahora que acabo de publicar Mientras huya el cuerpo, ya tengo el manuscrito de mi siguiente libro de microficciones, que se llamará Enciclopedia plástica.

¿Cómo acabará la trilogía de Que la Tierra te sea leve y Mientras huya el cuerpo?
Sobre la Trilogía de la levedad, por lo pronto tengo notas, título y vaga idea de adónde quiero ir. Para su escritura me orienta una frase de Paul Valéry: “Es necesario ser leve como el pájaro y no como la pluma”.  
 

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