Por Raúl Ortiz - Mory
Primeros años de los noventa. La Unión Soviética
termina de resquebrajarse y las naciones sureñas que forman parte del gigante
rojo persiguen el destete definitivo, cansadas de sentir la mano de hierro del
Kremlin. Pero el sueño de independencia no es tan sencillo como parece: se
desatarán guerras civiles y emancipaciones efímeras para lograr un nombre
propio en el mapa del Cáucaso. Esa es la primera parte del sueño. La segunda
consiste en conquistar, en algunos casos, y ‘repatriar’, en otros, territorios
que son reclamados por culturas tan disímiles como incompatibles.
