Por Raúl Ortiz - Mory
Muhammad Ali es, sin duda, el mejor boxeador de todos los
tiempos. Fue un fuera de serie, un vanguardista en técnica y en táctica. El
hombre que creció en Louisville y que estudió en la Universidad de Vanderbilt,
instauró una nueva manera de pelear en la máxima categoría del pugilato:
armonizó la masa con la velocidad. Pero no solo sus puños fueron su seña. Su
lengua, muchas veces, iba más rápido que los jabs que propinaba. Las
declaraciones controvertidas que daba en los medios le granjearon enemigos gratuitos
y lo distinguieron como un símbolo de su tiempo. David Remnick, ganador de un
Pulitzer y director de The New Yorker, escribió Rey de mundo un exhaustivo perfil de Ali desde la óptica de lo que
representó el boxeador en un contexto convulsionado: la década de los sesentas.
