viernes, 4 de mayo de 2012

Crónicas de la América profunda



Por Raúl Ortiz - Mory


La otra cara de los Estados Unidos, aquella que no tiene el glamour de la alfombra roja ni los rascacielos de Manhattan, ni los parques temáticos de Disney, la ha retratado Joe Bageant, un periodista que regresó a su pueblo de origen, Winchester (Virginia), para enseñarle a muchos que la principal economía del mundo también se desangra por dentro. Crónicas de la América profunda (Marea Editorial, 2009) es un relato donde se puede conocer cómo viven los white trash (basura blanca) y los rednecks brothers (compañeros de tragos), personas de origen étnico blanco, que representan a la América más fundamentalista, ignorante y conformista. Algo de lo que pocos hablan.


Nadie, de lejos, o quizá muy pocos, podría creer sin asombrarse que la economía de los Estados Unidos está sostenida por la clase obrera representada por las tres cuartas partes de su población. Unos dirán “bueno, la clase trabajadora siempre serán el sostén de los países”; pero lo raro en el caso de los Estados Unidos es que la mayoría de la fracción citada está conformada por pobladores blancos de pequeñas ciudades y sus periferias. Estos tienen pocas esperanzas de alcanzar una jubilación digna y son explotados por empresas transnacionales a través de un discurso corporativo que está más cercano a las realidades de América Latina y Asia, sin que esto les disguste.

Joe Bageant regresó a su pueblo, del que prácticamente escapó porque creía que el mundo estaba más allá de las conversaciones monótonas en el bar de la esquina, y se dio con la sorpresa que su familia, sus amigos y toda la gente que conocía estaba peor que antes de que emprenda vuelo. Peor, para él, porque habían reafirmado su fundamentalismo cristiano, su creencia a ultranza en los medios de comunicación de corte republicano y, sobre todo, que estaban inmersos en un marasmo como nunca se había visto. Entonces, permaneció con ellos un tiempo y contó sus historias. Todas estas crónicas están narradas con un aire irónico y socarrón que, a ratos, roza la procacidad porque como dice el propio Bageant “no podrían contarse de otra manera”.

Podría pensarse que su discurso es provocador con la intención de ridiculizar a sus paisanos. Sin embargo, el fondo es otro: explicar cómo el Partido Republicano ha carcomido el alma y el cerebro de los ciudadanos blancos más pobres insertando en ellos una perorata de nacionalismo que a la larga ha terminado por devorarlos al no hacer nada en temas como asistencia social, leyes laborales justas o una verdadera representación política. Bageant ataca a los conservadores pero también les pega a los progresistas – tengamos en cuenta que él se declara abiertamente como demócrata de perfil socialista -. De estos últimos critica su poco interés por llegar a un férreo bastión electoral que siempre le ha dado la espalda al partido de Obama.

Los personajes parecen sacados de la ficción y se acercan a los que protagonizan Winter´s Bone, la película independiente nominada al Oscar que fue dirigida por Debra Granik, donde se ofrecía un perfil muy peculiar de los habitantes del sur americano. En el caso de Crónicas de la América profunda, la construcción de los personajes parte de sus desgracias y el futuro que les espera, siempre desesperanzador, sean jóvenes o viejos. También están diseñados a partir de su orgullo. Por ejemplo, cuando deben tragárselo en silencio porque la sanidad pública es una subvención estatal que no debería permitirse a raíz de que cada individuo tiene que forjarse un destino autosuficiente sin necesidad de recurrir a la asistencia social: una cuestión de formación y adoctrinamiento republicano.

En algún momento Bageant dice que muchos de los obreros pobres se engañan a sí mismo con la idea de que pertenecen a la clase media. En parte por orgullo y en parte por ese cuento nacional que dice que los estadounidenses son en general de clase media. A ello hay que sumar el mito del poder de la piel blanca, como también la creencia sobreentendida de que si una persona blanca no triunfa es por culpa de la pereza. El autor americano, que el año pasado murió debido a un cáncer, perfila al obrero americano de la siguiente manera:

“Gran parte de la lucha por recuperar el espíritu de América consiste en sanar las almas de estos americanos y hacer que despierten de esa superabundancia de artículos de consumo y espectáculos que los idiotiza. Consisten en asegurarse que ellos rechacen la tortura como una actividad propia de ‘héroes’ y dejen de pensar que los bebés deformados por el uranio empobrecido son solamente en ‘el precio de la libertad’. Atrapados en el gran universo autárquico de la América imperial, alimentados a la fuerza con productos y engreimiento como si fuesen novillos castrados que se dirigen al matadero, los trabajadores estadounidenses disfrutan con el Campeonato Mundial de Lucha Libre y las banderas confederadas, los televisores de pantalla plana y la idea de un imperio Americano (“¡Imperio Americano! ¡Me encanta cómo suena!”, piensan sin tener la más remota idea de cuál puede ser su significado histórico). Esa gente que nos quita de encima el trabajo más duro, la misma gente a la que enviamos a combatir en nuestras guerras lejanas, no son altruistas y probablemente nunca lo fueron. Les importa un comino la pobreza en el mundo, el futuro del planeta Tierra o la extinción de animales o cualquier otra cosa. De verdad que les importa una mierda. Al ‘pueblo’ le gusta la gasolina barata, al ‘pueblo’ les gusta ir de rebajas después de Navidad o del día de Acción de Gracias. Y si viene el fascismo también estarán contentos con eso, siempre y cuando el precio de la gasolina no sea demasiado alto y Comcast tenga el canal de la liga de fútbol americano las veinticuatro horas del día”.

Agrega Bageant en otra parte de su libro:

“Ese es el holograma americano. El espejismo del cual vivimos, la ilusión que nos mantiene unidos y que hace que nos parezcamos como clones, aunque se insista en que cada uno de nosotros es único. Y seguirá vigente hasta que toda la mierda nos caiga encima y nos llegue hasta el cuello. La gente trabajadora no niega la realidad: ellos la crean desde lo más profundo de su ignorancia, mientras la presunta izquierda reflexiona y se pregunta porqué no puede obtener ninguna influencia política sobre estas almas. Para esta gente la realidad es el fútbol americano, las carreras NASCAR y una república sin matrimonios homosexuales y con arma de fuego que no tengan el seguro puesto. Esa es la realidad por la que votan: una república armada y con principios éticos. Y esa es la realidad que tenemos, mientras nos quedamos de brazos cruzados y vemos cómo a nuestros ciudadanos les extirpan la humanidad a golpes, dejando que los exploten y los cultiven como si fueran una cosecha humana con fines de lucro”.

Altamente recomendable, Crónicas de la América profunda es un libro adecuado para conocer la ideología y funcionamiento de los dos partidos políticos más importantes de los Estados Unidos y su influencia en el sector menos favorecido económica, social y culturalmente de la comunidad blanca americana. Una radiografía descarnada, prosaica y genial. 

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