viernes, 27 de abril de 2012

El cronista barrioco


Foto: Renzo Gómez
Por Raúl Ortiz – Mory
Eloy Jáuregui pronto publicará el último libro de su trilogía sobre cantores y músicos populares. El bolero es el género que cierra este capítulo de la obra del cronista surquillano. Además, alista un libro de cuentos para julio y otro de crónicas para octubre llamado “Tu mala canallada”. En esta entrevista el prolífico autor habla sobre sus raíces literarias y barriales, la crónica y su futuro, su barroca forma de escribir, las redes sociales y de Hora Zero. 
¿De dónde parte la idea para escribir sobre la salsa, el vals y el bolero?

Nunca pensé en escribir este tipo de libros. Tenía tanta información y tantos textos sobre estos géneros, publicados en diferentes medios y que están escritos como crónicas, que con el tiempo pensé en recopilarlos y darle un sentido. Más que libros especializados sobre música son libros de crónicas que hablan de personajes muy significativos y que han sido protagonistas de dichos géneros. El primero que escribí, ‘Pa´ bravo yo’, es un homenaje a la música del caribe que viene de mis lecturas de Carpentier, Cabrera Infante y Lezama Lima, donde percibía el ángulo musical de las novelas de estos autores. Siempre me ha llamado la atención la vida de los músicos que interpretaban salsa y todo lo que rodea a ese mundo y su contexto. Entonces me dije por qué no selecciono los artículos y los clasifico por temas. Es en esa búsqueda que me doy cuenta que tenía un montón de crónicas, presentaciones, prólogos y entrevistas. Antes ya había escrito varios libros sobre salsa pero que eran el acompañamiento de una colección de discos que vendió El Comercio que se llamó ‘Del son a la salsa’ allá por el año 2000. Mabela Martínez y yo nos reunimos con varios especialistas en música como Agustín Pérez Aldave, Roy Rivasplata, Luis Delgado Aparicio y Kike Vigil, todos contratados por el diario, para ver la parte histórico musical del producto. Esos discos fueron una buena excusa para contar dónde había escuchado por primera vez tal o cual tema y en qué escenario se desarrollaban algunos hechos. Es decir, me sirvió para irme por las ramas y transformar un texto más personal en una crónica. Esa fue la génesis de ‘Pa´ bravo yo’ y de mis otros libros sobre personajes relacionados a la música.
¿Cómo explicas esa conjunción entre la referencia literaria y el apego por los bajos fondos que se aprecia en tus textos, incluyendo los de música?
Yo nací en Surquillo pero eso no quiere decir que no haya leído a los grandes de la literatura. La materia prima de mi escritura siempre ha estado en mi entorno, yo las mezclo con las referencias literarias para darle al texto una suerte de razonamiento. Las referencias vivenciales son aquellas que se dan en el barrio, las que le pasa a la gente. Pero cómo hago para explicar mejor algo que estoy contando, más allá de lo que yo piense o narre, recurro a las fuentes referenciales. Eso me exige estar compenetrado con las formas teóricas que están relacionadas  a la antropología, la etnografía, la filosofía, etc. Soy profesor universitario y eso me obliga ser un profesional multidisciplinario. Nosotros los comunicadores estamos jodidos porque mientras un ingeniero sólo se dedica a su profesión nosotros debemos saber de música, medicina, derecho, política, sociología, deporte, de todo. Ello me lleva a pensar que estoy fascinado en haber elegido lo que ahora hago: escribir sobre todo lo que sé. Nada me cohíbe y lo puedo utilizar para lo que enseño en la universidad. En ese sentido soy un todista. Claro, alguien me puede decir “huevón sabes de todo y no sabes nada” y no es tanto así porque yo estoy haciendo periodismo y no tratados sobre arte o ciencia.
También has hecho poesía. Una expresión que, como la música, lleva ritmo
Tengo debilidad por la poesía pero, en realidad, siempre quise ser cantante de boleros. Soy muy afecto a la música de expresión popular. De chico vivía en una casa donde todo el tiempo se escuchaba música. Tenía un hermano de cariño, medio chiflado y algo mayor que yo, que fue la primera persona en construir un equipo de sonido artesanal con una caja de leche Gloria. Yo tendría cinco años, aproximadamente, y ese fue un gran descubriendo porque sólo podías escuchar discos en aparatos que mi familia no podía comprar. Por otro lado, mi mamá tenía la radio prendida todo el día, en un hogar donde ‘no había reloj’. La radio nos daba la pauta del tiempo. Por ejemplo, sabíamos que la hora de almorzar era cuando terminaba de tocar los Embajadores Criollos en Radio Victoria y cuando empezaba ‘Ritmo y Sabor’ con La Sonora Matancera en Radio Libertad. Ese quiebre marcaba el momento en que debíamos comer. El horario de mi casa estaba concatenado a la programación de los espacios radiales.
¿Recuerdas algún episodio que marcó el inicio de tu vida asociada al barrio, a la vida marginal?
En mi libro ‘Usted es la culpable’ cuento cómo mi padre me mandó a hacer la cola, tres días antes de la función, para comprar entradas del concierto de Pedro Infante, en el cine Primavera que estaba frente a mi casa. Esa fue mi primera experiencia con la calle, era muy chico y el último hijo y único hombre después de siete hermanas. Mi papá me mandó con una silla y mi termo para pasar la primera amanecida de mi vida. Por eso cuando me preguntan por qué soy tan bohemio siempre digo que por culpa de mi padre que me mandó a hacer cola en un barrio donde de noche te codeabas con los ladrones, las putas, los borrachos, los fumones; entonces qué podía aprender de ellos.
Sin embargo, tu padre era un hombre de libros
De chico yo era muy aplicado en el colegio y sentía curiosidad por cuestiones de filosofía y literatura. Me movía en un barrio que para mí era de contrastes. Por un lado, pasaban cosas muy violentas y, por otro, mi padre era un comerciante relativamente exitoso que tenía una librería. Todo el día estábamos hablando de libros. El lado comercial de los libros sirvió para que mi papá compre la casa de San Felipe, a la que nos mudamos después de vivir en Surquillo. Un día mi papá llegó al departamento alquilado de Surquillo como un loco gritando que se le había presentado la Virgen. Ese día había llegado a su librería 20 ejemplares de ‘Cien años de soledad’ que en pocas horas los vendió. Luego pidió 100 más, luego 500 más…al cabo de dos meses dijo “la tenemos”. Gracias al libro de García Márquez pudo comprar la casa.
¿Esa mudanza cambió tu manera de ver las cosas?
Claro que nuestro estilo vida varió. Pasamos del miasma a un barrio apitucado donde se sentía un conflicto de clases sociales porque era un escenario al que llegaron a vivir los blancos que se habían quedado misios y sin casa, y, a la vez, llegaban los cholos emergentes como nosotros. Cuando yo tenía quince años mis amiguitos del nuevo barrio comentaban lo que habían almorzado y mencionaban yogurt, ensalada y otras cosas. Cuando me preguntaban qué había almorzado yo respondía “sopa”. “¡Sopa!” decían espantados y me decían “fuera serrano huevón”. Imagínate, me serraneaban (risas). Todas esas vivencias hacen que uno sea lo que es ahora. Yo nunca cambié. Mi mamá, que había heredado el negocio de mi padre, en el centro de Lima, tenía un cuaderno que se llamaba ‘La bitácora de lo loco’ donde todos los poetas del Parque Universitario escribían lo que querían, una especie de Facebook, que luego leíamos y nos cagábamos de risa. Eran ocurrencias de un hogar donde se vivía una fiesta perpetua. Los viernes por la noche había baile, el desayuno del sábado era descomunal con la llegada de un montón de familiares. Yo recuerdo de pequeño durmiendo a las sombras de mis tías que bailaban al compás de La Sonora Matancera, siempre en Surquillo. El cariño de toda esta gente - migrantes de la primera oleada de arequipeños en Lima, que tenían en mi casa de Surquillo una especie de embajada donde se reunían para divertirse - y las vivencias que he pasado, no son más que el alimento de mi escritura.
¿El cine también ha sido una fuente para tu escritura?
De muy chico tenía un diario donde escribía cuentos – muy malos en realidad –que trataban sobre las chicas de las que me enamoraba todo el tiempo. En esos textos incluía los temas de la música y el cine, sobre todo de origen mexicano. El cine me ha ayudado mucho en mi proceso de creación periodística porque estimulaba mi imaginación. Frente a mi casa estaba el cine Primavera, en el que veía muchas películas pero desde la mitad hasta el final porque era muy chico y no tenía para pagar la entrada. Le daba un sol al vigilante y me dejaba pasar cuando la película ya estaba empezada. Tenía que imaginar lo que había pasado en la primera mitad de proyección. Otro de los lugares que estimuló mi imaginación fue la peluquería que tenía mi madre. A este local acudían mujeres que, además de peinarse, le contaban sus tragedias a mi madre. Yo estaba muy chico y, mientras leía Vanidades, me ganaba con las historias de las señoras. Desde ese tiempo era bien sapo. Si, en realidad, alguien quiere ser periodista y no tiene curiosidad, al final no logrará ser bueno en este oficio. Repito: todas estas vivencias me han servido para hacer crónicas, mi curiosidad por todo lo que me rodea ha sido muy importante.
¿Cómo te inicias en el periodismo?
Yo empecé en el periodismo del día a día. Me han sacado la mierda en todos los sentidos: me han pegado y me han roto las hojas de mis textos en la cara. Y mira que yo estudié periodismo por descarte, porque quería otras cosas. La gente a veces piensa que sólo he sido bohemio. Yo tengo tres carreras: soy lingüista de San Marcos, estudié Literatura en la Católica y periodismo en la Bausate. Hubo un tiempo en que tenía cuatro microbuses que me daban para vivir y me permitía tener tiempo para estudiar todo el día. Por cuatro años me aparté del trago, las mujeres y el juego, con tal de estudiar. Hasta que Ricardo Uceda me extrajo de los calabozos de la Bausate. Un día Uceda estaba explicando una crónica de César Hildebrandt que había escrito en Chile y que no tenía un solo adjetivo, elogiando la estructura de la crónica. Entonces levanté la mano y le pregunté si eso se parecía en algo al Nuevo Periodismo de Tom Wolfe. Lo cagué porque no sabía qué era el Nuevo Periodismo e hizo que me parara frente a casi 60 alumnos para explicarles sobre el tema. Él ya trabajaba en Expreso y era menor que yo. Me preguntó qué hacía y le respondí que sólo estudiaba. Así fue como me jaló para chambear con él.
Pero tú ya conocías a mucha gente letrada antes de tu ingreso al periodismo
Yo he tenido la suerte de compartir con el mundo del hampa y estar, por otro lado, con los grandes referentes literarios nacionales: Arguedas a veces iba a almorzar a mi casa porque era amigo de mi viejo, Ribeyro quería mucho a mi padre a partir de la amistad iniciada en los libros. He tenido una suerte increíble. Un día estaba con los rateros, los maricones, las putas y los peluqueros – tremendos pendejos – en un ambiente donde se hablaba de bares, fútbol, hípica, apuestas, y al otro día estaba hablando con mi papá sobre Mariátegui, Vallejo, los populibros de Scorza o recibiendo visitas ilustres. Esta preparación la tuve mucho antes de estar en Hora Zero.
¿Cómo fue esa experiencia?
Yo estuve con Hora Zero hasta el 73, tiempo en que Jorge Pimentel viaja a Europa. Yo era el calichín del grupo, menor que Jorge, Tulio Mora, Juan Ramírez y Enrique Verástegui. Yo tenía una poesía diferente que se acercaba más a la de Jorge. Mis amigos periodistas y poetas siempre me criticaban que no tenía mucha imaginación y no era así: yo imitaba a Jorge para después hacer explotar la huevada. Yo le debo mucho a la poesía de Pimentel porque me ayudó e influenció en mi manera de escribir. Algo que no se practica ahora es el género epistolar, que sí se hacía con Hora Zero. Éramos grandes escritores de cartas y grandes lectores. Hacer una buena carta era como escribir una crónica. Yo era de los más jóvenes del Movimiento y cuando iba al Palermo del centro de Lima, a las reuniones diarias, teníamos que haber leído un libro como mínimo. Tenías que proponer algo, no podías sentarte a escuchar lo que otros hablaban. Era una de las consignas de Hora Zero: la propuesta. Esa idea se le ocurrió a Juan Ramírez. Él nos decía que en las reuniones debíamos debatir sobre lo que habíamos leído y escrito. Era una suerte de taller, una maravilla. Este combustible, y el registro de muchas vidas que he pasado, me han dado insumo suficiente para ser cronista. Ahora vivo intensamente mi vida, escribiendo sobre lo que me da la gana, no tengo mayores sueños materiales, tengo un trabajo en la universidad que me cuadra en horario con otras actividades y creo que hago lo que me gusta sin preocupaciones.
¿Cómo es el proceso de escritura de tus crónicas?
Yo tengo muchos textos que no he publicado por una cuestión familiar, son muy íntimos. Los escribo como una especie de calistenia previa a los textos publicables. Esto me permite agarrar ritmo y técnica. Cada crónica tiene sus personajes, sus formas, sus músicas. Por las mañanas me despierto a las 5 de la mañana, huasca o no huasca, pero medio nostálgico y escribo sobre temas que llevan ese corte. A esa hora prefiero no meterme a las redes sociales porque me distraigo mucho. Hablar del proceso de escritura es relativo porque depende de mi ánimo.
¿Estás bastante pegado a las redes sociales?
No sabes la cantidad de historias que he sacado del Twitter y del Facebook. Si no hubiera sido un migrante digital me hubiera perdido un montón de cosas. Yo me entero de más hechos en las redes sociales que en los periódicos. En los talleres que dicto, a mis alumnos los obligo a que tengan Facebook, Twitter y un blog propio. Las redes sociales son el futuro de la comunicación. Ahora estoy metido de lleno en la Twitteratura. Escribir sólo con 140 caracteres es una cosa fabulosa.
¿Qué rumbo está agarrando la crónica en la actualidad?
El periodismo en general se está inclinando más hacia la crónica. La nota informativa, lamentablemente, está condenada a ser periodismo chatarra, algo así como conocer todo y conocer nada a la vez. En otro plano, creo que la crónica será la que reemplazará al cuento y a la novela de gran extensión. Tampoco es que vayan a desaparecer del todo, siempre habrá un refugio que acoja al cuento y a la novela tradicional. La gente ahora quiere que le cuenten una buena historia sobre algo que pueda comprobar, algo real. Además, con la digitalización de los libros cada vez te van a obligar a escribir de forma más breve. El tiempo es otro limitante, la gente cuenta con menos tiempo cada día. Las editoriales ahora buscan publicar algo que no tenga más de 300 páginas. El lector no compra libros tan extensos, se asusta; buscan precios accesibles, a 20 o 30 mangos.
¿Cómo ves a las nuevas generaciones de estudiantes de periodismo?
Con mucha apatía. Tienen poco interés por informarse. Aunque eso no solo es el reflejo de los estudiantes de periodismo. Pasa por igual en muchos jóvenes, sin importar lo que estudien.

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