jueves, 17 de noviembre de 2011

Un cuento chino: humor para criaturas solitarias



Por Raúl Ortiz – Mory

Para concretar una historia a partir de lo inverosímil, hay que juntar elementos que engranen como si de un reloj suizo se tratara: todo en su sitio, unido por un objetivo armonioso. Eso es Un cuento chino, la tercera película del argentino Sebastián Borensztein, un ejercicio de rompecabezas con las piezas ordenadas sin dificultad que se aprecia sin pretensiones ni efectismos. La historia parte desde un acontecimiento insólito: en un pueblo de China una vaca cae de un avión sobre un bote donde un hombre está a punto de entregarle un aro de compromiso a su novia, matándola; luego, se traslada a un escenario al otro lado del mundo: una ferretería de Buenos Aires. Estas historias, aunque disímiles, se complementan de manera accidental.


El dueño de la ferretería, Roberto (Ricardo Darín), es un hombre de edad madura, irritable, antisistema a su modo, maniático, ermitaño y monótono pero, muy a su estilo, bondadoso. Borensztein se toma los 15 primeros minutos de la película para ejecutar una lograda construcción del personaje, poniéndolo en situaciones que, para cualquier mortal serían extrañas: contar uno por uno los clavos que recibe, concluyendo que siempre le mandan menos de lo que marcan las cajas, esperar pacientemente a que sean las once de la noche para apagar la lámpara y echarse a dormir. El director arma de una manera tan sólida la representación de Darín que, cuando irrumpe Jun, el chino (Huang Sheng Huang), el espectador deduce que podría pasar lo peor. Sin embargo, no es así. Ese es uno de los méritos del filme de Borensztein: mostrar una situación, hacerla creíble y darle un giro a través de la reconstrucción del prototipo de un hombre, a partir de eventos que solo parece pasarle a una persona en un millón.

Roberto conoce a Jun cuando este es lanzado violentamente de un taxi; le ofrece ayuda e intenta buscar a su único pariente en el país platense, su tío. Eventos inesperados como el cambio de domicilio del familiar y la negativa de la embajada china por darle alojo al joven inmigrante, hacen que Roberto lo cobije por un tiempo en su casa poniendo a prueba su paciencia para vivir en compañía de alguien que, además, no habla su mismo idioma. Borensztein, quien también es el guionista del filme, hace que la forzada convivencia se convierta en una prueba a la tolerancia de su protagonista. Se trata de poner en la balanza hasta qué punto alguien como Roberto -que solo vive para y por sí mismo- puede compensar su pasividad e instinto solidario, por un lado, y su capacidad para permitir que alguien ingrese a su hermético mundo, por el otro. En ese contexto, aparece Mari (Muriel Santa Ana), el único ser que ve aspectos positivos en Roberto y que desea llamar la atención del ferretero de cualquier manera.

Así como Un cuento chino es una película que pone en riesgo la tolerancia a cada momento, también es una cinta que habla sobre la soledad y la supervivencia. Roberto, Mari y Jun huyen de algo y se refugian en sí mismos, a nivel emocional. Además, en el caso de los dos primeros, se guarecen en espacios terrenales como una ferretería y una granja, lugares en los que se sienten seguros. Otro punto en común de los tres personajes es el dolor: Roberto es huérfano y recuerda con nostalgia a sus padres, Mari no es correspondida por el ferretero y Jun perdió a su novia en el increíble suceso de la vaca caída del cielo. A pesar de que el filme está contado en clave de comedia, con mucho humor negro, la tragedia ronda incesantemente.

A simple vista puede parecer que Darín actúa, como en otras de sus películas, como hombre de carácter fuerte que no se deja avasallar; no obstante, pensar así sería caer en la superficialidad. El actor trabaja un personaje diferente, que se desconecta de la realidad y solo vive a través de su negocio y de las noticias insólitas que recorta de diferentes diarios del mundo. No es el protagonista líder o el centro de atención como en Nueve reinas (2000), El hijo de la novia (2001), Luna de Avellaneda (2004) o Carancho (2010). Es su incapacidad para comunicar sus sentimientos que lo hace peculiar al extremo. Solo puede demostrar cierto afecto por dos personas: su madre, que murió al momento de alumbrarlo; y su padre, que falleció de un infarto cuando Roberto peleaba en la guerra de Las Malvinas, acicate que nunca dejará al pueblo argentino. “Estás lleno de nobleza y dolor”, le dice Mari -por medio de una carta- en algún momento, algo que se comprueba después cuando empieza a cambiar su forma de ver el mundo al iniciar su ‘relación de convivencia’ con Jun.

Si tendría que elegir una escena, me quedaría con la que resume lo que Borensztein intenta transmitir cuando enfoca la barrera del idioma como filtro en las relaciones humanas, y que le da emotividad a la película. Roberto llega a encontrar al familiar de Jun y hace que ambos conversen por teléfono. Jun habla todo el tiempo en chino -sin subtítulos- y, conforme pasan los segundos, demuestra una creciente emoción, rompe en un llanto desconsolado con unas lágrimas que se descuelgan de sus ojos como si fuera un niño. No importa la lengua, parece decir el director, lo que se entiende y valora son los lenguajes universales que vuelcan estados de ánimo, como la tristeza o la alegría.
 
Un cuento chino es una película donde destacan una buena fotografía, sobrios efectos especiales, una música de gran factura y, sobre todo, un humor fino adornado de diálogos cortos y rotundos, donde el corazón mata las nacionalidades, enciende la tolerancia y gratifica la solidaridad.    


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