miércoles, 2 de noviembre de 2011

Amador: la sutileza de los silencios y del humor



Por Raúl Ortiz - Mory

En la mayoría de casos, la industria cinematográfica narra las historias de inmigrantes desde una óptica de sufrimiento y desamparo. No es raro que sea así. Las condiciones en que viven las personas que dejan sus países natales, por un futuro mejor, casi siempre son adversas, y, tanto directores como guionistas, prefieren darle una carga dramática que procure llevar a la reflexión.

Amador, del realizador español Fernando León de Aranoa aborda el tema de los inmigrantes desde una óptica híbrida y convincente: combina el drama con la comedia demostrando que ambos géneros pueden convivir en gracia cuando uno de ellos no pretende ensombrecer al otro. Sin duda, el equilibrio de géneros es una de las claves para que la película del ibérico sea un producto de calidad.   


A sus 43 años, Léon de Aranoa ya es un destacado director, escritor y dibujante que goza de un amplio reconocimiento en España. Ha ganado cinco premios Goya en diferentes años y en categorías como mejor documental, mejor guión y mejor director. También es conocido por su multipremiada cinta Los Lunes al Sol, vencedora del Festival de San Sebastián. Además es un cultor de temáticas sociales que involucran aspectos como los desplazados por las guerras y la explotación infantil.    

Amador narra la historia de Marcela (Magaly Solier), una inmigrante que junto a su esposo (Pietro Sibille) tienen un negocio de venta de flores que emplea a otros inmigrantes de diferentes continentes. La actividad de la pareja empieza a tener mayor demanda y para que las flores no se marchiten rápidamente es necesario comprar un refrigerador nuevo.

Un rápido pago del artefacto solo será posible si Marcela ayuda a su esposo con un trabajo paralelo. Es así como conoce a Amador, un anciano enfermo cuya hija se marcha de vacaciones y que necesita ser cuidado por una temporada.

La relación entre Marcela y Amador se hará más estrecha a partir de la amistad cómplice que surge entre ambos. Reflexiones sobre temas universales como la vida, la muerte, el amor, son asuntos constantes en los diálogos que mantienen la joven mujer y el anciano. Lo particular es la mirada que cada uno tiene sobre estos temas: dos mundos diametralmente opuestos que se retroalimentan.

El punto de inflexión se da cuando Amador muere y Marcela no da parte del hecho a la hija del fallecido por temor a que no siga recibiendo el dinero por los cuidados. Su objetivo será cumplir el mes para cobrar el sueldo íntegro. Mientras, Amador sigue postrado sin vida en su cama provocando algunas dudas entre sus vecinos a causa del mal olor que proviene de su departamento.

La forma ingeniosa que tiene Marcela para no levantar sospechas y algunos hechos de la vida secreta de Amador -una prostituta lo visitaba una vez por semana, mantenía correspondencia con un amor furtivo – dan un giro a la película para conjugar su cara más seria con la más juguetona.     

El guión se caracteriza por insertar cuotas de humor negro en situaciones donde la tensión dramática parece tener un desenlace pesimista o desesperanzado. El humor ingresa sin aspavientos ni imposiciones. Está presente en la estructura narrativa de forma dosificada, sin que los propios personajes crean que lo que dicen es divertido. No obstante, arranca sonrisas por medio de la ironía.

Amador es una película donde los silencios dan vida a algunas situaciones en que la ausencia de parlamentos no importa. El lenguaje gestual y corporal de los protagonistas ayuda a sobrellevar escenas donde los sonidos no se perciben. La sensación de espera contempla una mirada interior a la personalidad de Marcela. Primeros planos y planos detalles caracterizan los tiros de cámara que por momentos son estáticos. Otro aspecto destacable es la iluminación: cálida como reflejo del verano español, como el espejo de un paisaje árido, como el sol que aplasta a los más necesitados.   

La actuación de Magaly Solier quizá sea la mejor desde que hizo Madeinusa. La  frescura y naturalidad siempre han sido las fortalezas de la actriz ayacuchana. Sin embargo, en Amador su papel encaja con una mirada de inocencia y picardía que ensalza la figura de un inmigrante que no se deja avasallar por un mundo que avanza a la velocidad de la luz. Un mundo donde las oportunidades laborales escasean o se escudan en el subempleo y donde las grandes sociedades no son la panacea que se cree. (Publicado originalmente en godard! 29).

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