viernes, 11 de noviembre de 2011

El nómada de la no ficción



Por Raúl Ortiz - Mory

Juan Pablo Meneses, el cronista chileno que cuenta todo tipo de historias desde cualquier parte del mundo, afirma que el periodismo narrativo latinoamericano goza de buena salud y que lo mejor está por venir. Temas como la utilización de la primera persona, el estilo y la estructuración del relato y la vocación por ser un periodista de no ficción son algunos de los temas que se abordan en la siguiente entrevista.  


¿Cuánta influencia ha tenido el Nuevo Periodismo en el periodismo narrativo latinoamericano actual?
Ha tenido bastante influencia, sobre todo como una especie de marca, desde el libro ‘Nuevo Periodismo’ de Tom Wolfe como un ejemplo a seguir. Indudablemente los americanos lo han marketeado mejor y tienen revistas que se dedican a eso. Pero este tipo de periodismo no parte con Wolfe. Hay ejemplos de cronistas que mucho antes que él ya escribían con un estilo original y distinto como Rubén Darío o José Martí. Este último con textos que eran publicados en distintos países hace más de 100 años. Pero la impronta que dan los gringos es cómo ir un paso más allá a través de un periodismo que cuente las cosas de una manera distinta y que sea comercial. En ese sentido, el aporte de los periodistas narrativos americanos es muy grande. Entonces el Nuevo Periodismo -que por cierto ya es bastante viejo, el libro de Wolf tiene casi 30 años- le imprime una manera distinta de cómo puede funcionar el oficio.

¿Tú crees que así como se vivió un boom de la literatura latinoamericana, ahora se esté pasando por un boom del periodismo narrativo latinoamericano?  
Yo creo que el boom no ha llegado aún. Se habla de un boom porque aparecieron algunas voces y una generación nueva, en la que me incluyo, pero esa generación tiene muchas cosas por hacer. Afortunadamente, he podido publicar cinco libros, de los cuales tres están en casi toda Latinoamérica, pero mucha gente de esta generación ha sacado un libro o ha pasado mucho tiempo para sacar otro. No obstante, creo que la importancia del periodismo narrativo, hoy en Latinoamérica, está por venir. Es como que se ha descubierto un terreno fértil para que nosotros mismos podamos contar nuestras historias. Si hay una historia de la Patagonia no solo debería ser Chatwin quien la cuente, también podría ser alguien de esa zona. Que el México que conocemos no sea solo el que nos cuentan las películas de Hollywood, sino que también existe el México que nos cuentan los propios mexicanos. En ese sentido el potencial y las cosas que se pueden relatar son muy fuertes.

En ese marco, ¿qué papel crees que han cumplido las revistas que publican crónicas como Etiqueta Negra, Soho o Gatopardo?
Han tenido una importancia vital y fundamental, pero no es exclusiva. Mucha gente empieza en el periodismo narrativo pensando que solo va a publicar en esas revistas. También podría pensar que puede publicar en diarios, en libros o en Internet. Estamos viviendo una maravillosa revolución a nivel de medios, formatos y soportes que el periodismo narrativo tiene que aprovechar, este es su momento, sobre todo en tiempos donde la noticia dura nos llega por todos lados. Por ejemplo, hace algún tiempo estuve en una playa de Río de Janeiro entrevistando a una persona para una crónica sobre el carnaval y, de repente, al tipo le llega un mensaje por el teléfono celular que dice que el Corinthians, equipo de fútbol del que es hincha, había metido un gol. Él estaba en la playa y no necesitaba que se lo diga alguien más, ni ir al estadio, ni mirar la televisión, ni escuchar la radio. La información va y viene por todos lados, hasta por los teléfonos. El mismo hombre podrá leer esa noticia en el diario del día siguiente, entonces nuestro trabajo no será contar quién hizo el gol o algún detalle que todo el mundo sabe sino narrar una historia sobre aquel partido, una historia que nos haga entender lo que realmente pasó. Es así como se revitaliza el periodismo narrativo.

Tiene que ver con una de tus frases: lo anecdótico es la noticia y la noticia es lo anecdótico
Totalmente. Porque en realidad vivimos en el mundo de las cifras. Están por todos lados y, en realidad, no sirven para nada. En un viaje que hice a México observé que el tema del narcotráfico se cuenta mucho con las cifras. Entre 5200 ó 5320 muertos da lo mismo, la diferencia ni se nota y la gente ya no lo dimensiona. Entre una cifra y otra hay 120 vidas, 120 historias, entonces quizá lo que tenemos que contar son esas historias y no tanto las cifras. Contando historias podemos entender el día a día.

¿Crees que el caldo de cultivo del periodismo narrativo latinoamericano es la propia problemática social que vive la región con temas como pobreza, narcotráfico, corrupción y otros?    
Sí, pero no solo se trata de la miseria. Yo hablo mucho en contra de ese tema. Existe un tipo de periodismo amarillo que destaca la miseria, donde solo se habla de pobres y se hacen documentales en blanco y negro que se destinan a concursos donde luego se celebra con martinis en el lobby de un hotel en Manhattan y transforman nuestra pobreza en un imán para conseguir fondos. Yo estoy en contra de presentar la pobreza de esa forma. En ‘Hotel España’ hay una historia que transcurre en un resort, otra en la ruta de un viaje, otra en un recorrido gastronómico, por ello creo que se puede contar la realidad desde diferentes aspectos y eso es lo que hace entretenido un texto. Si toda la vida vamos a contar historias y además plantear a los pobres como si fueran una generación espontánea vamos a dejar de lado otros aspectos de la realidad. Así como narramos historias de pobres también se puede contar la vida de algunos ricos. En mi libro ‘La vida de una vaca’ así como contaba la historia del último peón que ordeñaba una vaca en el campo, también lo hacía con la vida de un empresario importante al que podría llamársele el rey de la carne. Te contaba que había estado en el carnaval de Río y asistí a una fiesta espectacular pero dos semanas antes estuve en un pueblo muy pobre de La Paz, en Bolivia, contando la historia de una cholitas que hacen lucha libre. Eso es lo que hace el periodismo narrativo: te lleva a muchos lugares y ves todo tipo de realidades.

Como en ‘Sexo y poder’ que estuviste en reuniones adonde asistían presidentes y también en escenarios donde recorrías los bajos fondos de Santiago
Claro. Cuando cuentas un tema relacionado a un escándalo sexual en el que hay personas encarceladas tienes que hablar sobre las visitas que haces a las cárceles, por un lado, pero por el otro puedes narrar una escena donde aparecen las más altas autoridades de un país en pleno te deum….  

Una Latinoamérica llena de contrastes
Es cierto que Latinoamérica tiene particularidades que la hacen muy especial. Estamos en una zona donde a diario mueren 1200 personas por violencia urbana, pero también tenemos fiestas, gastronomía, lugares increíbles, salsa, risas, baile. No solo se trata del drama latinoamericano exportable. Yo creo que la crónica de nuestro continente funciona porque en la época del boom, García Márquez inventaba cosas para transmitir su realidad, pero con el tiempo él mismo se ha dado cuenta que su necesidad era tan espectacular que no había necesidad de inventarla.

Tu propia vida está llena de contrastes ¿cómo se hace para dejarlo todo a los 27 años teniendo una rutina teóricamente ordenada para empezar a escribir crónicas?
Y además trazada con un camino marcado. Yo tenía una vida armada que seguía un horario, asistía a una oficina, usaba corbata, pero por otro lado, siempre había querido escribir. Sin embargo, saliendo del colegio ingresé a la universidad para estudiar ingeniería y luego me dije “no, yo quiero escribir”, entonces empecé a estudiar economía pero seguía repitiendo aquello de mis deseos por querer escribir. Luego llegué a trabajar a una empresa transnacional, hasta que un día, a partir de un viaje, entendí que era el momento de hacerlo. Yo pensé que era muy tarde, tenía 27 años. Pero luego me di cuenta que 27 años es una edad en que mucha gente cambia su vida como Jim Morrison. Él se mató a los 27 y yo maté una vida, la mía, a esa misma edad, y empecé a vivir la que de verdad quería, que es esta.

¿Y es cuándo se inicia la idea del Periodismo Portátil?
A los 27 me convenzo de que quiero escribir y quiero vivir de esto. El periodismo portátil empieza a funcionar como tal en el 2000 porque hasta antes de eso era como una ilusión. Yo le decía a mis editores que quería viajar y recorrer y contar historias. Ellos me contestaban que el periodismo ya no era eso. Muchas personas me dijeron tantas cosas distintas que decidí inventar mi propio periodismo. Quería contar las historias que me gustaban desde cualquier lugar, pero no tenía cómo financiarlo. En ese tiempo gané un premio que lanzó la revista Gatopardo equivalente a 5 mil dólares, con ese dinero me compré un computador portátil, una cámara digital y me fui por tres meses a España para contar un par de historias. Una de ellas sobre un pueblo llamado Aguaviva al que llegué y no pasaba nada, era aburridísimo. Pensé que estaba gastando mi dinero en una historia que no me decía nada. A partir de esa historia, la de un pueblo de inmigrantes en España, comprendí que era muy importante para mí porque, desde ese mismo lugar, yo también pasaba a ser un inmigrante. Desde aquellos tres meses ya han pasado 11 años y nunca más he regresado, fue el momento en que se abrió otra vida. El momento en que empecé a contar historias.

¿El hecho de tomar la historia de una persona para representar la realidad de una sociedad puede utilizarse y formar parte de la técnica y del contenido de un texto?      
Eso es algo en lo que yo creo, defiendo, milito. Es la única forma: contar historias a partir de un pequeño escenario para hablar de un gran mundo. Estoy convencido de que se trata de eso. Como en ‘La vida de una vaca’: contar la obsesión argentina ganadera a partir de la historia de una vaca, desde algo mínimo.

¿Como periodista narrativo has pasado alguna transformación desde tu primer libro ‘Equipaje de mano’ hasta ‘Hotel España’?
He ido cambiando pero hay muchas cosas que todavía se mantienen. Por ejemplo, ‘Equipaje de mano’ es un libro en el que hay mucha artesanía narrativa y que se preocupa por contar historias insólitas como un pueblo freak donde viven los personajes retirados de los circos, o la historia de los pilotos de fórmula 1 que parecen normales pero que en realidad son muy raros. Estaba en una etapa de descubrimiento, buscaba la normalidad en la gente extraña. El periodismo normal trata de buscar las cosas raras en las personas normales, en cambio yo quería todo lo contrario. Ya han pasado ocho años desde su primera edición y creo que sigue funcionando, sigue vigente. Siempre nos enseñan que el periodismo tiene que ser urgente, pero esa es una parte del oficio. No siempre es así. Las historias pueden tener largo tiempo de vida, como en ‘Equipaje de mano’.

¿El periodismo tradicional, por llamarlo así, podría compararse con el periodismo narrativo como si uno representase a la inmediatez y el otro a la eternidad con historias que deben perdurar?
Exactamente. Es lo que yo llamo la diferencia entre el ‘golpe periodístico’ y el ‘gran golpe’. El primero es el que busca el periodista durante todo el día y que no dura más de siete minutos  -sobre todo ahora en tiempos de Internet - porque sus colegas luego lo recogerán y le harán seguimiento. Y a la gente no le importará quien lo dijo primero. En cambio en el ‘gran golpe’, la teoría dice que la crónica es algo parecido a asaltar un banco. La esencia consiste en rescatar el botín, una gran historia que será perdurable. En el ‘golpe periodístico’ el lector recibe información. En el ‘gran golpe’ el lector decide, porque nos hay buenas o malas interpretaciones sino que son distintos los puntos de vista del que escribe y del que lee. En el periodismo narrativo, no podemos obligar al lector a que piense de una manera igual a la nuestra. Se trata de darle las diferentes herramientas para que termine la historia, en su cabeza, de la manera en que él mismo quiera.

¿Hasta qué punto es conveniente involucrarse en la historia con tal de no poner al periodista como el centro de la misma?
Partamos porque todo el periodismo es subjetivo, narrativo o no narrativo. No hay que tenerle miedo a la aparición de la primera persona si tiene como propósito contar bien la historia, hasta podría aparecer como una herramienta narrativa más. El problema se da cuando la aparición de esa persona se convierte en el eje de la historia. Si yo cuento cómo se cría a una vaca, a la que siempre visito y que después va a morir, no puedo dejar de hacerlo en primera persona porque tienes que contar qué es lo que vas sintiendo, eso no se puede hacer en tercera persona. El tema vivencial es muy importante pero cuando tienes un buen soporte de investigación. No se trata de poner el cuerpo delante de la historia porque nos faltó reporteo o investigación. Tiene que ser entretenida, estar bien escrita y con mucha buena información.

En tu estilo de escritura se percibe el rasgo casi obsesivo por las descripciones al milímetro
Yo soy un defensor a muerte de la descripción porque finalmente, ya que nosotros no tenemos cámara, debemos poner imágenes que solo el lector podrá tenerlas a través de la misma descripción. Existen manuales o libros de periodismo que datan de 40, 30 o 10 años donde no se encuentra el verdadero valor de la descripción porque tiene que ver con la cultura de hoy, con todo lo audiovisual. Nosotros vivimos en una cultura de las imágenes, sobre todo con el Internet por medio de las redes sociales, you tube, etc., y nada que ver con el mundo de la reflexión. Entonces, como periodistas narrativos tenemos que armar buenas historias.

También apelas al recurso onírico y los escenarios netamente imaginarios o de tu vida personal ¿Hasta qué punto este tipo de herramientas están permitidas si estamos hablando, al final de cuentas, de no ficción?
Creo que todo está permitido. Recuerdo una crónica que hice, y que no está en ninguno de mis libros, de un viaje a Vietnam donde recorrí los túneles donde se escondían las fuerzas del vietcong durante los bombardeos americanos. El ambiente era claustrofóbico y no dejaba de pensar en lo que fue la guerra con gente muerta por todos lados. Al llegar al hotel me quedé dormido y soñé que estaba en el campo de batalla metido en una trinchera esperando a que caigan las bombas. Ese sueño tenía que ver con la historia que estaba contando. Sin embargo, creo que el problema del periodista parte cuando incluyes la experiencia del sueño pero no dices que se trata de un sueño. Es decir, cuando uno inventa y no explica. Pero si está en función del relato principal yo creo que sí está permitido ¿Acaso estoy mintiendo cuando digo que he soñado? Lo que importa es que uno vaya con la verdad de frente. Emplear este tipo de recursos solo se aprenden conforme vas entrando más en el oficio de escribir; uno tiene que tomar ciertos riesgos…

¿Qué te lleven a una voz propia?
Yo siempre digo que si tomamos riesgos en nuestros textos obtendremos un artículo creativo. El lector no se fija en quién escribe cuando lee un artículo, pero si, de repente, nota que algo le llama la atención positivamente, lo primero que hará será ver quién los escribió. Entonces, cuando vuelva a encontrar el mismo nombre en alguna publicación se quedará con la impresión que le dejó el último texto y, lo más probable, es que vuelva a leerlo y, en consecuencia, empiece a seguirlo.

Sobre tu último libro, ‘Hotel España’, ¿podríamos decir que es testimonial, un homenaje a América Latina, un recorrido errante?, ¿qué es exactamente?
Hace poco me preguntaban en una entrevista si ‘Hotel España’ era un libro de viajes, autobiográfico o de homenaje, debido a que era ‘inclasificable’. Esa denominación la tomé como un honor porque al ser ‘inclasificable’ podía verse como algo nuevo. En el tema de crónica es muy fácil que los medios, tan especializados en clasificar, digan que un cronista que publica algo distinto sea el último Tom Wolf, García Márquez o Kapuscinski. A mí me gustaría aparecer como algo más simple: ser el primer Juan Pablo Meneses. Para eso es necesaria la voz propia. En ‘Hotel España’ hay mucho de reflexión, es mi libro más personal, con capítulos que me dieron hasta cierto tipo de pudor en contarlos y por eso mismo el libro que siempre quise escribir. Pero como yo sé que el centro del mundo no soy yo, también acompaño mis vivencias con historias. Todo lo que yo hablo de mí está en función a algo más grande que tiene mucha investigación, información, descripción y viajes. Es todo eso. Y siempre pensando en el lector.

¿Se puede vivir del Periodismo Portátil?
Hace 10 años vivo así y espero hacerlo por muchos años más. Pero quizá de la manera como yo vivo a mucha gente no le pueda gustar: viajando, no tengo grandes ambiciones materiales, las pocas cosas que poseo las tengo regadas por diferentes países. Yo vivo así. Si alguien está acostumbrado a que le lleven el desayuno a la cama con servicios de oro estoy seguro que la vida que yo llevo no le va a servir. Antes yo pensaba que para viajar a muchas partes del planeta había que ser millonario o ganarse una beca o una herencia, en mi caso es totalmente diferente. La idea de mi proyecto es que si yo no tengo plata para viajar, entonces voy a escribir historias para empezar a viajar. Este es un camino lleno de sacrificios.


Nota: esta entrevista se realizó en febrero de 2010.



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