viernes, 21 de octubre de 2011

El noble arte en la pantalla grande

Por Raúl Ortiz - Mory

El boxeo genera apasionamientos y repudios. Algunos sectores de la sociedad lo ven como un acto salvaje entre dos mercenarios que se azotan hasta quedar inconscientes. Nada más lejos de la realidad. El boxeo mezcla la velocidad, la técnica y el amor propio. El debate es amplio y nunca tendrá consenso.

Hablando de cine, el pugilismo es el deporte que más ha llamado la atención de la industria. Distintos realizadores han puesto sus ojos en el Noble Arte por razones muy sencillas: representa una lucha por la vida, una tabla de respeto y la redención misma de vidas derruidas.

Para este artículo se han elegido películas que dejaron huella en la historia del cine, Otras fueron mal recibidas en su momento, pero que con el paso del tiempo se han puesto como el vino. También se han valorado algunos hallazgos que pasaron desapercibidos. Vale decir que no todas las películas tienen al boxeo como asunto central sino que está como marco referencial para ingresar a temas más amplios.


Algunas voces argumentan que las películas de boxeo ya patentaron un género. Este postulado queda para la discusión, debido a la confluencia de temas y géneros que abarcan: puede ser negro o dramático o cómico o quizá un biopic. Lo cierto, e irrefutable, es que seducen a fanáticos y detractores.


GUANTE NEGRO

El cine negro americano ha bebido de la temática boxística, creando grandes piezas que ya son clásicas del séptimo arte. Michael Curtiz, con Kid Galahad (1937), enfoca el boxeo desde la mirada del manager derrochador y compulsivo, pero de buen corazón, que coquetea con la mafia; la interpretación recae en un notable Edgard G. Robinson. Un bisoño Humphrey Bogart, que cumple a cabalidad su rol de hombre del hampa, un desalmado caradura, es la otra cara de la moneda.

Curtiz innova, con elegancia, el ambiente del boxeo y entrega altos picos técnicos-narrativos en la historia. Por ejemplo: el travelling en la fiesta que ofrece el personaje de Robinson, con una secuencia de múltiples acciones. Mención aparte merecen la actuación y los ojos de Bette Davis, que llenan la pantalla.

Phil Karlson rodó una nueva versión de Kid Galahad conocida como Piso de Lona, (1962), que tuvo a Elvis Presley como el boxeador protagonista. Karlson intercala una historia de boxeo con algunas canciones en las que Presley sale más airoso que cuando pega.  

Cuerpo y Alma (1947), de Robert Rossen, marcó un hito en el género por su realismo, su excelente fotografía, y las actuaciones de John Garfield, Lilli Palmer y Anne Revere. Charlie Davis (Garfield) representa a un muchacho pobre de Nueva York que se convierte en boxeador contra la voluntad de su madre (Revere). Davis sufre cambios en su personalidad por la fama, pero, al final, no pierde la perspectiva de la honestidad ante un escenario de combates truculentos.

El manejo del personaje central se basa en la comparación de los momentos de pobreza y de bonanza que vive. La figura de la novia pintora (Palmer) es el parangón ideal para describir a un sector marginal distinto, que opta por el camino creativo. Un choque del deporte con el arte, del boxeo con la pintura.

En el plano narrativo, Rossen utiliza el flashback, al inicio, para contextualizar la historia, y funciona sin provocar ansiedad, ni aburrimiento. El director retoma esta escena en una parte crucial de la cinta: la pelea final. Cuerpo y Alma contiene muy buenas secuencias de boxeo, sobre todo en la última riña, cuando el silencio del round postrero transmite mucho dramatismo.

En contra de los cánones de los grandes estudios, esta cinta independiente noqueó con calidad a muchas otras que se habían hecho con presupuestos mayores. Los protagonistas llamaron la atención de la crítica, pero también fueron el blanco de la Comisión de Actividades Antiamericanas y del inefable Joseph McCarthy. 

Por su parte, los claroscuros y la dureza del enfoque narrativo que Robert Wise otorgó a The Set-Up (1949) caben en el género negro, pero, también, encajarían en el drama amoroso. La lírica de esta película se sustenta (con varios matices) en un poema de Joseph Moncure March y en la ‘neutralidad protagónica’, al no contar con megaestrellas en su reparto.

Su fortaleza radica en narrar, desde la óptica más cruda, el ambiente del boxeo de quinta categoría, de los perdedores que sirven de carne cañón, del mundo amateur de precarias condiciones, de los sueños rotos por el manager carroñero, de la urgencia por alcanzar la redención, de la melancolía a través de la capacidad interpretativa.     

Esta es la historia de un boxeador al filo del retiro. Él pelea contra otro más joven, con la finalidad de iniciar una nueva vida. El púgil no sabe que su último combate está amañado. Para mala suerte, noquea a su oponente, y el mafioso -que arregló la pelea- toma venganza, propinándole una paliza que le destroza una mano.

A primera vista, la última escena no parece estar en sintonía con lo que tan bien se construyó por más de una hora. Sin embargo, la mano rota tiene una carga simbólica esencial. Dato adicional: el filme está contado en tiempo real, durante 72 minutos.

Champion (1949), de Mark Robson, es otra de las películas sobre boxeo con rótulo de obra cumbre. La construcción del personaje principal, Midge Kelly -un inmenso Kirk Douglas-, a nivel psicológico y de preparación física, es loable. Kelly no solo golpea rivales. También aporrea a la sociedad que, en algún momento, lo marginó: “por primera vez en la vida me han aplaudido”, dice, cuando gana su primera pelea.

Al inicio, Kelly es un hombre con principios que, junto a su hermano lisiado, busca labrarse un futuro en tiempos difíciles. Conoce a un manager que lo inicia en el boxeo, pero, por ‘estrategia’, le impone perder un combate, a fin de que, después, ostente el título. En pleno enfrentamiento, manda el acuerdo al cuerno, y derrota al más pintado.

Kelly es un hombre impetuoso y de palabra, que no acepta las medias tintas (la moral contra la corrupción, dicotomía típica en las películas de boxeo). Sin embargo, el cambio de actitud del púgil no solo se debe al dinero y la fama alcanzados, sino, a sus ansias por respeto, algo que siempre le fue negado: “ahora me llamarán señor”.

El descarriamiento del sentido fraternal, reforzado con la crueldad y el ventajismo físico, es presentado por Robson sin pañuelos blancos cuando el peleador seduce a la novia de su hermano -su exesposa-. El triángulo amoroso es provocador, y los primeros planos ayudan mucho en el desarrollo del conflicto. Dato: para la preparación del personaje, Douglas fue asesorado por el excampeón Jack Dempsey.

Calle River 99 (1953) es una película negra por donde se le mire: mujer fatal, mafiosos, asesinatos y perdedores. Aunque en este filme, con sellos de serie B, el boxeo es tocado como marco tangencial. La historia central se enfoca en una trama policial.

Con un aire mustio y marchito, Phil Karlson plasma la historia de un exboxeador que se queda a dos peleas del título mundial y que, tras su retiro, se emplea de taxista. Su esposa, harta de vivir a salto de mata, se enreda sentimentalmente con un mafioso. Luego, el gángster la asesina con la intención de que el exboxeador sea culpado y pueda huir con un puñado de diamantes.

Karlson muestra al prototipo de púgil rudo, embrutecido, golpeado por la vida, pero con buenos sentimientos. El fracaso en estado puro, con una luz de optimismo al final de la vía. El trabajo de los actores es destacado, pero es la interpretación de Peggy Castle - la esposa femme fatale-,  la que se lleva las palmas.  

En El Beso del Asesino (1955), Stanley Kubrick dicta una clase de noir donde destaca el tratamiento y la composición de las imágenes. También ofrece escenas de peleas muy bien armadas. Aunque la historia es sencilla, la narración es impecable. Un boxeador, en el ocaso de su carrera se enreda con la exmujer de un matón que, al enterarse del romance, lo buscará para matarlo.

La atmósfera claustrofóbica de los callejones neoyorquinos nocturnos, o la persecución por escaleras y techos, de los criminales que quieren matar al boxeador, crea una tensión dramática sin pierde. Mención aparte merece la secuencia de la pelea entre el boxeador y el matón en una habitación llena de maniquís. Las cabezas y las manos dan una sensación lúgubre y macabra.

Quizá una de las películas que mejor ha tocado el tema de boxeo desde la perspectiva de las apuestas y la mafia sea Más Dura Será la Caída (1956). En esta cinta de Mark Robson, que tiene a Humphrey Bogart y Rod Steiger como figuras excluyentes, se extiende un enfoque original desde los ojos de un periodista desempleado convertido en promotor de peleas.

Este personaje curtido y cínico, con remordimientos esporádicos, cae como anillo al dedo en Bogart; que a pesar que estaba en sus horas más bajas debido a su delicado estado de salud - cabe decir que fue su última película -tiene un gran duelo interpretativo con Steiger.

El ambiente que se respira en toda la película, se construye con la acentuación del contraste luminoso (sello indeleble del género) y los diálogos, en algunos casos trepidantes y, en otros, secos y directos. Robson filma la explotación de los púgiles como si fueran animales, y descubre el desalmado carácter de la naturaleza humana detrás del dinero mal concebido. 
  

BIOPIC: SUBGÉNERO INCANSABLE SOBRE EL RING 

Recrear la vida de expúgiles también ha sido una inquietud constante de realizadores y productores. Raoul Walsh desarrolló en Gentleman Jim (1942) un biopic de Jim Corbett, excampeón de los pesos pesados (a cargo de Errol Flynn), que explica la vida ascendente de un aspirante a comerse el mundo sin importarle las trabas del camino.

Este filme es un buen retrato acerca de la alta sociedad de San Francisco y las esferas de poder de fines del siglo XIX. Las cuotas de humor y los comentarios irónicos aparecen a chispazos en un filme sobre el primer innovador del boxeo moderno, especialmente por la técnica en el desplazamiento y juego de piernas sobre el ring.

La dirección en las escenas de combate es excelente. Ya sea en donde intervienen pocas personas, o cuando la multitud se aglomera para observar algún enfrentamiento. Walsh crea planos panorámicos a modo de gran observador, distinguiendo acciones que, en conjunto, se tornan armoniosas.

En Somebody Up There Likes Me (1956), Robert Wise muestra la vida del excampeón de los pesos medios Rocky Graziano desde la óptica de una sufrida infancia hasta la bonanza como monarca de su categoría, pasando por una adolescencia y juventud marcadas por la delincuencia y la deserción militar.

La cinta de Wise representa la ira contenida del hombre marginado en un entorno social turbio, marcado con la frustración familiar por la falta de oportunidades. El personaje de Paul Newman se resume a la supervivencia en las calles, donde el boxeo no solo ayuda a salir adelante sino, también, a demostrar quién es el más duro.

El biopic de Graziano muestra a un peleador que va por el camino de la acción-reacción y no por la pulcritud técnica, ya sea en el ring o en su vida cotidiana. Un diamante en bruto con alma de killer, un negado para la rutina física habitual.

En la vida real, Graziano odiaba tener que pegar (el castigo físico de niño fue una constante para él), pero, por otra parte, no le quedaba otra opción que defenderse. El propio boxeador neoyorquino dijo alguna vez: “el box es un deporte terrible, pero la lucha es por la supervivencia”. Temas como las apuestas, la pobreza, el amor filial y el de pareja, están presentes en el filme.  

Un tema por el que los realizadores han optado en este tipo de películas es la segregación racial. De La Gran Esperanza Blanca (1970), de Martin Ritt, se desprende la intolerancia y el desprecio que caracterizan al racismo en su más ponzoñosa vertiente. Un boxeador negro es condenado a prisión por alterar el ‘orden público y las buenas costumbres’, debido a que su pareja es una mujer blanca.

Contextualizada en los Estados Unidos de inicios del siglo XX, La Gran Esperanza Blanca se acerca milimétricamente a la vida del primer campeón negro, Jack Johnson. El filme desnuda a la América profunda que no soporta tener a un ‘hombre inferior’ por encima de sus peleadores blancos.

Cabe recordar que en la vida real personajes de prestigio literario como Jack London hicieron apología en la búsqueda de la gran esperanza blanca que derrotara a quien, a criterio de los racistas, rompía el orden natural de las cosas. Dos nominaciones al Oscar, como mejor actor y mejor actriz, avalan las interpretaciones del filme.

La figura irascible, iracunda, paranoica e intolerante de Jake LaMotta fue llevada a la pantalla grande con maestría por Martín Scorsese a través de Toro Salvaje (1980), uno de los mejores biopics de la historia del cine. LaMotta (Robert de Niro) es esculpido a pulso, sin escatimar detalle alguno por el realizador neoyorquino: la vida miserable de un boxeador con pocos escrúpulos, y el sufrimiento de un ser humano golpeado por el destino.

La aparición de LaMotta, el real, sirve como obertura de una película que gana en narración y dramatismo con silencios que matan, exasperan y deleitan a la vez. Un clásico moderno que absorbe la escuela de las películas de boxeo de los años 40, por su manejo de las escenas de pelea y por sus claroscuros aplastantes.

Scorsese plasma de manera violenta y poética la hondura de la desgracia pugilística, sin fintas ni alegorías. El montaje combina la efervescencia del cuadrilátero con el intimismo más susurrante. Las actuaciones de Joe Pesci y Cathy Moriarty, son sobresalientes.

En Beautiful Boxer (2003), un muchacho transexual, originario de un pueblo tailandés, llega a consolidarse como el mayor representante del kick boxing, rompiendo los esquemas convencionales de una sociedad en la que reina la hipocresía y el machismo. Esta cinta, del realizador asiático Ekachai Uekrongtham -basada en la historia del luchador Parinya “Nong Toom” Charoenphol- cuenta su vida de manera cronológica desde su infancia hasta que cambia de sexo. Una mirada distinta a una sociedad donde la masculinidad está representada por la testosterona y la intolerancia.

La lucha interior del protagonista por abandonar un cuerpo que repele se narra, por momentos, de manera compasiva y carismática, pero con una construcción del personaje que no cae en los estereotipos caricaturescos de la homosexualidad. Sólida actuación de Asanee Suwan, quien encarna a Nong Toom.

Inspirada en la vida del excampeón mundial de los pesos pesados James J. Braddock, El Luchador (2005), de Ron Howard, es una obra que tiene como plato fuerte las buenas actuaciones, una historia bien narrada, y una lograda fotografía. 

Corren los tiempos de la Gran Depresión, y un exboxeador (Russell Crowe) y su familia ven mermada su economía, por lo que decide regresar al cuadrilátero, a pesar de sus limitaciones físicas. Howard no solo muestra la batalla de Braddock ante rivales titánicos, también expone la lucha de un hombre por salvar su dignidad, a ratos con resultados efectistas, típico de un melodrama de los grandes estudios.

Por otra parte, un gran papel el de Samuel L. Jackson se aprecia en Resucitando al Campeón (2007) que, junto a Josh Hartnett, forma una pareja consistente respecto a un relato de amistad. Esta es una película que está en el limbo entre filme periférico de boxeo y cinta sobre periodismo.

Basada en reportajes publicados en Los Angeles Times, trata sobre un exboxeador de los pesos pesados devenido en vagabundo que, haciéndose pasar por Bob Satterfield, engaña a un reportero que no corrobora la identidad del sujeto, lo que termina quitándole prestigio y poniéndole al borde del  abismo profesional.

El polémico periodista Rod Lurie, es el director quien ofrece muchos nudos argumentativos en torno al personaje del periodista (Hartnett). De recomendable visión, el filme tuvo una repercusión mayor por las aulas del periodismo deportivo.    

El Peleador (2010) de David O. Russel es una cinta que cuenta la vida de los boxeadores Dicky Eklund y su hermanastro Micky Ward. El primero está retirado y vive del recuerdo de haber mandado a la lona a Sugar Ray Leonard. El otro tiene sed de gloria pero pocas oportunidades para demostrar su valía.

La construcción del seno familiar que hace O. Russel en este drama es sólida y plausible. Además, muestra el modo de vida en un barrio marginal de Massachussets destacando temas como el conformismo, la adicción a las drogas, la segregación racial y la familia disfuncional.


LA DURA REALIDAD DEL DOCUMENTAL

El registro de la realidad es otra de las vertientes que han cuajado en el material cinematográfico referente al boxeo. Stanley Kubrick realizó Día de la Pelea (1951), donde cuenta la rutina del peso mediano Walter Cartier el día de un decisivo combate.

En este trabajo, Kubrick explora las acciones del boxeador junto a su hermano gemelo, basado en el reportaje que el mismo director hiciera para la revista Look Magazine. En Día de la Pelea ya se pueden apreciar algunos elementos visuales que repetiría en El Beso del Asesino. Igual que en el largometraje, las escenas de combate son geniales.

En Cuando Éramos Reyes (1996), el director Leon Gast no muestra la pelea entre Muhammad Alí y George Foreman en Zaire como un mero evento deportivo. Lo trata como el redescubrimiento de África y de sus raíces. Alí aparece, en su máxima expresión, como el pretencioso megalómano que siempre fue, frente a un Foreman que es opacado desde el inicio, pero que no se deja apabullar en el campo retórico.

El realizador muestra cómo Alí no fue solo el rey del boxeo, sino que fue la identificación de todo un continente que escapó de las garras de la represión colonialista. Era el guapo que no le temía a nadie y que, por más poca fe que había en su esquina, seguiría volando como una mariposa y picando como una abeja.

La década de los setentas, tan contradictoria, y su relación con el boxeo, son narradas desde la perspectiva política, social y étnica por Norman Mailer, George Plimpton, Spike Lee, Don King, entre otros personajes de la época. Imprescindible y ganadora del Oscar.  

Frank Nicotra es un expúgil francés y protagonista/hilo conductor del documental Cravan versus Cravan (2002), que cuenta la enigmática vida del poeta-boxeador Arthur Cravan. Al igual que el vate, Nicotra es escritor, y viaja por los lugares en que vivió su colega, siguiéndole la pista como si persiguiera a un fantasma.

En su bucólica propuesta, el director y guionista Isaki Lacuesta recurre a fuentes expertas en la vida de Cravan para afirmar o desmentir pasajes relacionados al boxeo, a la literatura, al circo y al toreo, con resultados irreconciliables.

Ikuesta también intercala las entrevistas realizadas por Nicotra con pasajes de las peleas del propio periodista en ciernes, y recreaciones de influencias dadaístas que ficcionan algunos pasajes de la vida de Cravan y el tratamiento de la superposición de imágenes relacionadas al supuesto sobrino de Oscar Wilde.

La fortaleza de esta entrega es que habiendo tantas versiones sobre la vida de Cravan y sus actos, no termina por saberse si realmente hizo lo que hizo o es mejor creerlo para dejar intacto el legado de una figura maldita y provocadora.

Un documental atípico con mucha carga poética y un homenaje a quien fungiendo de ser el mejor boxeador europeo, llegó a pelear con el polémico campeón mundial de los pesos pesados: Jack Johnson.

A propósito de esta pelea, en el documental se muestra una película de los albores del cine llamada Cravan se entrena ante el público para el gran combate de 1916 donde se observa al púgil británico practicando antes de la pelea con Johnson.

Tyson (2008), de James Toback, examina con rigor a Iron Man en casi todas sus facetas: sus orígenes delincuenciales, su estrecha relación con Cus D´Amato, la obtención del título mundial, su primer matrimonio y su consecuente divorcio, la pérdida del reinado boxístico, la acusación de violación y encarcelamiento, su conversión al Islam, la libertad, la definitiva debacle boxística, el coqueteo con las drogas y la rehabilitación, y la conformación de una nueva familia.

Así de lineal es el trabajo de Toback, quien registra, con imágenes de peleas y de entrevistas de televisión, a un Mike Tyson que no se parece en nada al hombre que demolía en pocos rounds a sus rivales, y sí a un hombre sacudido por los golpes de la vida. 

Considerada la más emocionante y dramática pelea de la historia del boxeo por muchos críticos deportivos, John Dower presenta la batalla entre Alí y Joe Frazier en Thriller en Manila (2008). Este registro está copado de un archivo intercalado con testimonios de Frazier y personajes de la época, 30 años después de este episodio.

Antes de presentar la pelea, Dower hace un recuento de la trayectoria de Alí y Frazier en paralelo. La diferencia es que Frazier es parte protagónica del documental, y en cambio Alí, por razones obvias, no aparece en él, lo cual le resta equilibrio en materia de argumentos para justificar la rivalidad que había entre ambos, y que iba más allá del ring.

Este trabajo es, también, un estudio del racismo en los Estados Unidos en la década de los setenta, pero con un cariz diferente: se entabla la discriminación entre los propios integrantes de la comunidad negra. Alí despreciaba a Frazier y lo hacía parecer como un servidor del hombre blanco con calificativos dignos de un fanfarrón.

Como dice el periodista David Remnick sobre Alí, en su libro Rey del Mundo, con la aparición de éste, la imagen del ‘negro’ ya no se dividía en ‘negro bueno’ o ‘negro malo’, ahora estaba Alí: un boxeador que molestaba al sistema por parecerse en su discurso a Malcolm X o a Martin Luther King.

Gran documental que explica la naturaleza de dos boxeadores opuestos, que se odiaban, que fueron amigos en algún momento, pero que se necesitaban, más que para demostrar al mundo quién era el campeón de los pesos pesados, era para demostrarse quién era mejor luchador. 

En Facing Ali (2009), Pete McCormack presenta la vida de ‘bocazas’ a través de diez de sus exrivales más feroces: George Chuvalo, Sir Henry Cooper, George Foreman, Joe Frazier, Larry Holmes, Ron Lyle, Ken Norton, Earnie Shavers, Leon Spinks y Ernie Terrell.

Su origen como muchacho de clase media y sus inicios en el boxeo, la particular relación con el Islam, la deserción al llamado a la guerra de Vietnam y el declive de su carrera, son los puntos centrales que McCormack escoge para presentar al boxeador más polémico de la historia.

Este documental detalla, a modo de repaso histórico-social, la primera época dorada que le tocó vivir a ‘The Greatest’ (los convulsionados años sesenta). Sin embargo, se puede apreciar que no solo es la época la que marca en él, es Alí quien también ejerce su influencia en un sector de la población: la comunidad negra islámica.

Los buenos videos de archivo hacen que el registro sea de gran nivel. De corte exhaustivo y minucioso, no se limita a contar las versiones de los excombatientes, también detalla -con mucha emotividad- la vida de cada uno de ellos.


FICCIÓN PURA 

En Campeón (1931), King Vidor muestra la historia de un exboxeador alcohólico y su pequeño hijo, quienes mantienen una relación afectiva a prueba de todo. Sin incurrir al argumento efectista, el director gana en realismo gracias a una historia simple y bien contada; no fuerza la capacidad interpretativa, y tampoco convierte su obra en un concierto de sollozos inconsolables.

El padre cría a su hijo sin la presencia de la madre que al cabo de algunos años, con dinero y buena posición social, aparece de manera impensada e intenta recobrar el amor y el tiempo perdidos. El exboxeador retorna al boxeo y deja el alcohol para ganarse la admiración de su hijo y conseguir dinero que cubra las carencias que tienen.

Franco Zeffirelli hizo un remake de Campeón en 1979 que, en esencia, no cambia el argumento original, pero se adapta a la época. Zeffirelli apela al talento del pequeño Rick Schroeder para transmitir la ternura y apego incondicional que llega como un jab al espectador. La escena crucial que refrenda la interpretación del niño se da durante la pelea cuando observa la tunda a la que es sometido su padre, que luego muere en el vestuario.

Zeffirelli, al igual que Vidor, dan un ejemplo de cómo varios temas pueden confluir en el marco del boxeo. Si usted es un espectador de lágrima fácil con un estado de gracia paternal se recomienda ver esta película.

Golden Boy (1939) de Rouben Mamoulian, presenta la historia de un joven que duda entre la riqueza y el éxito que le puede aportar el boxeo, o abandonar, para siempre, su verdadera pasión: ser un violinista de prestigio. Mamoulian brinda un film que aborda temas de vigencia: el capitalismo, la fama, el racismo, y la vocación profesional. Buenas actuaciones de Barbara Stanwyck y William Holden.

En Ciudad de Conquista (1940), James Cagney encarna a un boxeador atípico: conoce perfectamente el oficio, pero no le gusta competir. Con el paso de la trama, accede a pelear para solventar los gastos de estudios de su hermano músico a un alto precio: unos guantes embadurnados con una sustancia nociva le nubla la visión, dejándolo a merced de su oponente. A la postre, queda ciego.

El director de esta película, Anatole Litvak, no solo muestra una historia sobre boxeo; presenta un retrato de la Nueva York de la época, donde el Noble Arte solo aparece como pretexto de una historia de amor.

La actuación de Cagney es fabulosa desde la perspectiva de un sujeto emprendedor, hasta personificar a un invidente optimista, siempre con bastante realismo. Un punto débil del trabajo de Litvak quizá sea el poco verismo que tienen las escenas de combate, a pesar de que Cagney fue púgil amateur. Sobre este tema hubo diferencias entre ambos.

No obstante, se podría decir que Ciudad de Conquista es un gran drama, aunque una regular película de boxeo -desde el punto de vista técnico. Dato: para empezar a rodar, el protagonista tuvo que bajar casi 15 kilos, a causa de su debilidad por la buena mesa.

Con Aire de París (1954), de Marcel Carné, el espectador no solo verá una película sobre boxeo, también caerá rendido ante 110 minutos de lírica melancólica y sombría. El realizador francés muestra una historia de amor entre un púgil hijo de la post guerra, que ve en sus puños una opción de vida, y una muchacha arribista.

Los personajes arrastran frustraciones que buscan remediar con una segunda oportunidad, quizá la última, para demostrarse que todavía valen algo. El enfoque paternal del entrenador -gran rol de Jean Gabin- es un estereotipo vigorizado por el conflicto que mantiene con su mujer: ella está harta de las obsesiones del exboxeador -que añora encontrar a una joya entre los miserables que acuden a su gimnasio. El esnobismo de la clase alta parisina es otro tema que destaca en el filme. 

Si tuviéramos que elegir una película sobre boxeadores explotados en el ocaso de su carrera, la ideal sería Réquiem para un Campeón (1962), de Ralph Nelson. En los 10 primeros minutos se aprecia a una crítica de cómo se maneja, en algunas ocasiones, a los luchadores en el Noble Arte. Respecto al mal estado en que queda el protagonista después de una pelea, el personaje interpretado por Jackie Gleason dice sobre el boxeo: “¿un deporte? Esto es una cloaca en la que no hay más que basura”.

La cinta cuenta la historia de Montaña Rivera (Anthony Quinn), ‘viejo boxeador de 37 años’ que, ante la recomendación médica de dejar el pugilato, a riesgo de quedar ciego, empieza un camino distinto.

La nueva vida es difícil, no se halla en otra actividad, y siente la discriminación social por distintos motivos. Desesperado y urgido de dinero, su manager (Jackie Gleason) hace que participe en una exhibición de lucha libre. Esta decisión remite a la aceptación del fracaso, a la ruina de una vida patética y sin mayores logros. Buenas actuaciones de Quinn, Gleason y Mickey Rooney.

A nivel técnico, Réquiem para un Campeón ofrece elementos interesantes; por ejemplo, un genuino y envolvente manejo de cámara que simula el mareo de Montaña, al borde del knock out, cuando enfrenta a Cassius Clay (el verdadero). El realismo de los ambientes, los nudos argumentativos, y la interpretación, dan vida a una película devastadora y corrosiva.

Demoledora. Esta es la palabra precisa para definir a Ciudad Dorada (1972), filme que John Huston convierte en un canto a la frustración más honda y despeñada. Las historias de un exboxeador alcohólico que quiere regresar al ring, y la de un muchacho que lucha por abrirse camino en el ámbito de los puños, centran la trama de esta película.

De saque, el director narra con el foco puesto en el patetismo de un pueblo y la interacción de sus habitantes: una gavilla de perdedores que ‘viven sin estar’. Stocktom es el lugar donde Stacy Keach (Billy Tully) pasea su existencia, frecuentando bares de mala muerte con el delirio de volver al cuadrilátero. Ernie Munger (Jeff Bridges), el joven boxeador, encarna la esperanza que, irremediablemente, se ve aplastada conforme corren los minutos.

Huston entrecruza ambas historias, y las sazona con personajes periféricos, como el de la alcohólica Oma (Susan Tyrrell), para armar una orquesta de músicos desafinados. Las largas escenas de diálogos, violentos y tristes, están en sintonía con la miseria de la autodestrucción que brota en los protagonistas. Altamente recomendable.    

Las películas de boxeo también han tenido entregas que han exhibido los puños fuera del cuadrilátero. Un ejemplo de ello es Hard Times (1975), de Walter Hill, donde un hombre errante (Charles Bronson) encuentra en los topes ilegales un medio de vida, con la complicidad de un estafador de poca monta.

A puño limpio y ante rivales con pinta de asesinos, Bronson protagoniza una cinta de buenas escenas boxísticas, pero que carga un argumento sencillo y predecible. De narración cronológica lineal, y carente de sorpresas o giros de tuerca, Hill realiza una película con aire romántico respecto de Nueva Orleans.

Quizá la película más famosa del género sea Rocky (1976). La historia del boxeador ítaloamericano, llevado a la ficción por John G. Avildsen, cautivó, y conmovió, al punto que muchos boxeadores de la época se motivaban con esta historia.

Sylvester Stallone, que escribió el guión, encarnó a Rocky Balboa, un personaje que imprime la idea del heroísmo en medio de una trama elemental. Esta cinta refleja la verdadera desesperación y las decisiones que puede tomar uno en situaciones extremas, cercanas a la vida de cualquier hombre. Rocky atrapa y no empalaga. Un ejemplo de poco presupuesto y calidad que no tuvieron la mayoría de sus secuelas.

Retorcida por donde se le mire, la japonesa Tokyo Fist (1995) es una película que se sirve de la violencia como razón de ser, con un tratamiento grotesco que no repugna, y por el contrario, gratifica. El triángulo amoroso que lo rige no es más que una excusa para disfrutar de la posesión y de los más oscuros deseos humanos.

El conflicto se inicia cuando la mujer queda prendada de un boxeador y abandona a su pareja, seducida por nuevas experiencias, rompiendo así con la rutina. Entonces, el marido decide hacerse púgil para enfrentar al intruso, y tomarse una revancha que lo haga recuperar su honor.

El amor enfermizo que se prodigan los protagonistas también está enmarcado en el ámbito del sadomasoquismo y el sufrimiento corporal, como camino de redención. Shinya Tsukamoto presenta escenas contrapuestas de un Tokio tugurizado, donde el hombre es un autómata sin remedio, que están a la medida de una cinta gore o de fantasía urbana de alto impacto.      

En Golpe a la Vida (1997), de Jim Sheridan, el conflicto irlandés entre católicos republicanos y protestantes unionistas es el telón de fondo para Daniel Day-Lewis y Emily Watson, protagonistas de una historia de amor en tiempos de hostilidad urbana.

Un boxeador que cumplió condena, acusado de integrar el IRA, regresa a su casa sin intención de volver a la política y con el entusiasmo de montar una escuela de boxeo. Su ideal de igualdad choca con los pensamientos de sus antiguos camaradas, que todavía defienden la causa política, poniendo en riesgo su vida.

Sheridan dirige un filme donde analiza el rol del IRA y su impacto en la vida cotidiana de la ciudad, de manera crítica y sin remilgos. Además podría valorarse la película con una connotación de lucha por dos frentes de manera antagónica: un boxeador que pelea buscando la reconstrucción de su vida respetando las reglas de un deporte y un grupo subversivo que lucha imponiendo el miedo al margen de la ley. Las escenas de boxeo son impecables, así como la preparación del personaje de Day-Lewis. 

Shiner (2000) de John Irvin es un thriller que cuenta la historia de un padre (Michael Caine) que funge de promotor para que su hijo llegue a ser campeón mundial, a pesar de que su primogénito no podría tumbar ni al peor de los pesos mosca. Su obsesión lo lleva a organizar una velada fastuosa en la que el chico no solo pierde, sino que también es asesinado, misteriosamente, en las afueras del ring.

El director inglés juega con el humor negro hasta la mitad de su obra, para luego dar paso a situaciones dramáticas a raíz de la muerte del boxeador. La tensión y la ansiedad aparecen con situaciones que atrapan al espectador que desea desenredar los hilos de viejos resentimientos familiares forjados por la necedad paternal. Buena actuación de Michael Caine.

Girlfigth (2000), de Karyn Kusama, es una cinta independiente que examina la vida de los hijos de inmigrantes latinos asentados en los Estados Unidos desde los ojos de una boxeadora que intenta sacudirse del hartazgo diario.

Como reflejo de la sociedad latina de los barrios pobres de Nueva York, Girlfigth funciona; pero, como una cinta de boxeo, deja cabos sueltos, como, por ejemplo, la velocísima preparación de la protagonista, a tiro para una pelea, o el equilibrio de fuerzas con un contrincante del sexo opuesto; estos son detalles que se descuidan, pero que pueden ser balanceados por el realismo del filme.   

Otra película que tiene a una mujer con los guantes bien puestos es Golpes del Destino (2004), de Clint Eastwood. Con un clima dramático, de sencillez artesanal en su tratamiento visual y diálogos bien estructurados, el veterano director ofrece una de las mejores películas sobre boxeo femenino.

La escalada hacia el título mundial del peso welter se ve truncada para Maggie (Hilary Swank), cuando es derribada, a traición, por su oponente, y cae sobre una silla, dañándose la columna vertebral. La consecuencia: queda parapléjica. Su ardua preparación, que al inicio le fue esquiva porque su entrenador (Eastwood) no quería trabajar con mujeres, se va al tacho, asomando el fantasma del suicidio.

Los conflictos familiares de ambos personajes también son puntos de conexión para establecer la relación padre e hija entre ambos. En esta oda al amor fraternal postizo también destaca la actuación de Morgan Freeman.

La cinta alcanzó fama mundial por plantear temas polémicos como la discriminación de género y la eutanasia, generando controversia en los sectores más conservadores de la iglesia católica.

Volviendo a Asia, el coreano Ryoo Seung-wan, incursiona en el rubro con Crying Fist (2005). Dos personajes zurrados por la vida le dan alma a esta cinta de narración paralela. Por un lado, un muchacho desadaptado que repele sus culpas aprendiendo a boxear en un presidio. El otro, un exmedallista olímpico que se gana la vida como saco de arena, soportando los golpes de quienes van por la calle.

En el fondo, ambos representan al hombre moderno en decadencia: conflictos familiares, falta de oportunidades y pérdida moral del horizonte personal. El director ofrece la moraleja de la segunda oportunidad sin pontificar el mensaje; para que al final ambos personajes se encuentren en el cuadrilátero y salden cuentas con sus propios demonios. 

Cinta de gran emotividad, con espléndidas escenas de boxeo en tiempo real, aunque si se le recortaba 20 minutos no se resentía. La música y los silencios son ingredientes vitales, así como las actuaciones, sobre todo, de Seung-beom Ryu, archiconocido por su papel protagónico en Old Boy. 

Lahore (2010), del hindú Sanjay Puransingh Chauhan, es un film con un fondo político sobre la unidad nacional de dos países en conflicto: India y Pakistán. El director aplica la diplomacia y propone un manifiesto por la paz -“ojo por ojo todo el mudo terminará ciego”- en un contexto violento como es el mundo del Kick boxing.

La trama es sencilla y deducible: un jugador hindú de críquet deja el bate para ingresar a las fauces del boxeo con patada motivado por la muerte, a traición, de su hermano a cargo de un peleador pakistaní. El joven buscará venganza a toda costa.

Lahore es una superproducción bollywoodense que dejará anonadado al novato que asoma a la industria de esta parte del mundo. Las imágenes complementarias entre lo ancestral y lo moderno de Asia, más el tratamiento de la historia, que por ratos se asemeja a un trabajo de videoclip, hace este film muy atractivo visualmente, aunque la historia sea trillada. Escenas de lucha al límite.


FURIA IBEROAMERICANA

Campeón sin Corona (1945), de Alejandro Galindo, es una película fundamental sobre el mundo de boxeo latinoamericano, pero, además, es un referente sociológico de la estructura social mexicana. El argumento es muy sencillo: un muchacho pobre asombra a un agente, durante una riña callejera, y no parará hasta encumbrarlo como el mejor de los pesos medianos. Sin embargo, la mentalidad del luchador es compleja al extremo, y lo que, en realidad, da valía la film.

Hace casi 60 años, Octavio Paz, en su libro El laberinto de la soledad, negó el supuesto complejo de inferioridad que caracteriza al mexicano aduciendo que más allá de una autominimización lo que en realidad lo marca es el hecho de saberse y sentirse distinto. Es lo que pasa con Roberto “Kid” Terranova (David Silva) el protagonista de la película, quien ve en la figura de su mayor contendiente y su amante al prototipo de una escala social inalcanzable por méritos propios y que solo es accesible por medio del dinero.

El contexto de la marginalidad y la ascensión social son aspectos muy bien trabajados por Galindo a través de estereotipos como la madre abnegada, la novia esperanzada, el manager honesto, y el amigo incondicional. El esfuerzo, y los caminos por salir de la miseria, caracterizan a la película; además del efecto que tiene el éxito y el metal en personas desarraigadas: ese ‘mareo’ al conseguir lo que alguna vez se anheló.

La dupla Galindo – Silva funciona a la perfección gracias a la concepción que tienen de la idiosincrasia mexicana. El primero, explota la pasión que generaba el boxeo en aquella época. Un ejemplo es la escena con la que empieza su obra: caos generalizado cuando está por iniciarse un combate de Terranova. El segundo, interpreta a un boxeador temperamental, díscolo, caprichoso y machista de gran corazón, muy cercano al hombre cotidiano de la ciudad, muy próximo a un hombre como el mexicano de la época, muy inmediato a él.

Una línea similar, por la representación de la sociedad mexicana, es la que presenta Ismael Rodríguez con la película protagonizada por Pedro Infante: Pepe El Toro (1952).

Otro clásico latinoamericano es Gatica, el Mono (1993), de Leonardo Favio. La explosión que recorre este film a lo largo de sus casi dos horas y media la convierten en una película donde la capacidad interpretativa, los adelantados efectos del maquillaje, la adecuada utilización de los extras, la intensa narración poética, y la dureza de un guión entrañable, pegan directo a la mandíbula, y son los ingredientes cardinales del film.

Favio demoró tres años en consolidar su proyecto y eligió a cada uno de los actores y a su equipo técnico con cuidado extremo. El rodaje, además de agotador, a raíz de la salud del creador, fue difícil por la exigencia que el mismo Favio se ejercía para que todo calce a la perfección.

Escenas como el encuentro entre Gatica y Perón -“mi general, dos potencias se saludan”-, con una iluminación sacra, o aquella en que se ve a Gatica sangrando y en hombros con las banderas argentinas flameando, u otra donde el protagonista llega a un comedero paupérrimo, son lirismo puro y duro. 

Comentario aparte merece Edgardo Nieva en el papel del famoso boxeador. Espontáneo, arrabalero, lumpenesco, son los cortes de un traje a la medida. No muy distante de lo que fue el verdadero José María Gatica.

El escritor platense Osvaldo Soriano -a quien Favio también le dedicara la película- escribió en su libro Artistas, locos y criminales, que “Gatica es un símbolo contradictorio, arbitrario, al que la vida le fue quitada poco a poco, con un odio que conviene no olvidar”, y mucho de ello tiene el film. Gatica, el Mono es un canto a la amistad, a la idolatría popular de la bala perdida del boxeo argentino.

Segundo Asalto (2005), de Daniel Cebrián, narra la historia de Ángel (Álex González), un joven que vive en el sur de Madrid rodeado por inmigrantes, obreros de baja paga y amigos sin futuro. Su tubo de escape es un gimnasio de barrio donde practica el boxeo y conoce a Vidal (Darío Grandinetti), un delincuente que le propone robar un banco.

Buena película de Cebrián, que transforma una aparente trama boxística en un juego de ladrones con ínfulas de Robin Hood. Para retratar el mal momento económico de  España, el realizador utilizó una fotografía donde respira una luz afligida. Las cuestiones éticas son un punto interesante en el guión: “asaltar un banco no es malo, es ilegal. La especulación inmobiliaria es algo malo y es legal”.          

La Yuma (2010) es un film nicaragüense que cuenta la historia de una boxeadora que busca sacar adelante a sus hermanos, dejando en el olvido un medio hostil de vagos y ladrones. Buen intento de la directora Florence Jaugey al presentar la realidad marginal de la urbe centroamericana.

Aunque demora en entrar en calor (una lenta construcción de los personajes y algunas ideas repetitivas), con el correr de los minutos el film se consolida. Aspecto destacado: la utilización de música circense para una pelea bajo carpa. La deuda: algunas situaciones previsibles, que hacen imposible pensar en giros narrativos. 


ÚLTIMO ASALTO

La comedia también ha ingresado al mundo del boxeo, aunque con un tratamiento distinto del pugilato. Enredos con falsa identidad, teléfonos malogrados, mamporros como generadores de carcajadas, o la picardía del débil frente al más fuerte, han sido los principales argumentos en películas dirigidas por grandes del cine como Charles Chaplin (Charlot Campeón, 1915) o Buster Keaton (El Boxeador, 1926).

Años más tarde, otras cintas reforzaron la óptica del boxeo desde la perspectiva cómica. Algunos ejemplos son: The Milky Way (1936), Cantinflas Boxeador (1940), Mi Campeón (1952), El Tigre de Chamberí (1957) y Yo Hice a Roque III (1980).

Quizá, en este repaso por las películas de boxeo, muchas otras han quedado fuera. Sin embargo, se ha querido reunir filmes de distintas épocas, nacionalidades y temáticas. Algunas son consagradas, otras son hallazgos. Lo único que sí se puede afirmar es que estas cintas han dejado huella, y ya ocupan un lugar en el (in) consciente colectivo y la historia del cine. (Una versión más breve de este artículo se publicó originalmente en godard! 28).


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