viernes, 23 de noviembre de 2012

Curvas de la vida


Por Raúl Ortiz – Mory
Robert Lorenz ha sido la mano derecha de Clint Eastwood en algunos de sus más prestigiosos filmes. Como asistente de dirección ha colaborado en Million dolar baby, Mystic river, True crime, entre otras películas. Como productor en J. Edgar, Gran Torino, Changelling, Letters from Iwo Jima y las tres mencionadas en primer término. Ahora se aventura a dirigir su primera película, Trouble with the curve/Curvas de la vida, que tiene al propio Eastwood como protagonista.  

La película de Lorenz se centra en la relación de Gus Lobel (Clint Eastwood) y su hija Mickey (Amy Adams) que con el paso del tiempo han optado por vivir en círculos sociales contrapuestos – él es histórico descubridor de talentos en el béisbol, ella una exitosa abogada citadina – alejándose hasta el punto de no tener nada en común que los relacione, excepto un interés apasionado por el béisbol. El director hace una buena exploración psicológica del trato entre los dos protagonistas exponiendo un escenario donde el padre de maneras toscas hiere y rechaza constantemente a su hija, aquejado por una culpa crónica a modo de mecanismo de defensa. La hija recibe con resignación y rabia el desaire de su progenitor cascarrabias, aunque no deja de buscar explicaciones sucumbiendo a una frustración por el amor, supuestamente, negado.

El problema de esta relación se agudiza cuando Mickey intenta pasar unos días con su padre – a pedido de un amigo de Gus que está preocupado por la progresiva pérdida de la visión del viejo – acompañándolo en una gira de observación a una promesa del béisbol, que de fallar en su apreciación podría ser el último de sus trabajos. De esta manera, la joven pone en riesgo su carrera profesional cuando está punto de cerrar un caso relevante y ser socia del bufete donde trabaja. Lo peliaguda de la situación es que desde el tiempo en que Gus la dejara de chica al cuidado de unos tíos, tras la muerte de su madre, ambos han tenido una pésima comunicación y las manifestaciones de resentimiento han sido más frecuentes que las muestras de afecto.

Por momentos, las escenas denotan una tensión que conmueve sin caer en el tópico del argumento de la chica abandonada que necesita superar sus traumas ante la necesaria confesión del padre arrepentido. El rol de Eastwood no solo ayuda a entender cómo Gus se torna inútil cuando debe enfrentar momentos claves en la formación de Mickey – la infancia, la muerte de la madre, el enamoramiento, la brecha generacional, la soledad –, sino que eleva el plano de acción al entendimiento de la vejez como una etapa dura que todo ser humano debe enfrentar, por más que no se quiera asumir. En el caso del personaje de Eastwood, el director le adjudica elementos como la frustración y la impotencia.

Sin embargo, Lorenz comete un error cuando todo lo construido toma el riesgo de derrumbarse al develar el origen del comportamiento del padre y el contexto que lo provocó. Tanta mala relación no se justifica por un miedo superficial y mucho menos se debe expresar a través de una acción inverosímil. También se podría decir que abandonar a la hija al cuidado de los tíos, en un acto de protección porque el mundo es ruin, va en un tono lógico. Nada más falso que ello debido a la desproporción entre la causa y la consecuencia. Ese es el problema de Lorenz cuando plantea el conflicto central de su película.  

Las interpretaciones de Eastwood y Adams no pugnan por llenar de lucimientos la pantalla, por el contrario, se complementan. Al veterano actor el papel de hombre amargado le va muy bien y lo sustenta, por un lado, con la poderosa expresión gestual que ofrece y la verbalización explosiva del lenguaje al momento que profiere sus parlamentos. Los diálogos llenos de humor corrosivo también sintonizan con la actitud de Eastwood. 

En el caso de Adams, su desenvolvimiento va más allá de asumir un espacio que acompañe al mítico intérprete. La actriz ya ha demostrado su buena performance en títulos como The fighter, Doubt o Junebug; en los tres casos nominada al Oscar como mejor actriz de reparto. El tercer protagonista de Curvas de la vida es Justin Timberlake, quien hace mucho dejó la categoría de popstar para tomarse el oficio en serio. Su personaje es planteado por el director como elemento de equilibrio y pausa entre el padre y la hija. Timberlake representa al muchacho que no concretó sus sueños y quedó en promesa del deporte pero que asume su destino con una actitud positiva a diferencia de Gus, el pesimista.

Es este último el que simboliza la toma de posta generacional en el ámbito de los cazatalentos de figuras del béisbol. Nuevamente el desgaste por efecto de los años es abordado por Lorenz pero visto desde otra arista. En el caso de Timberlake se muestra un lado inocuo, distinto al de otros personajes que ansían sacar de carrera al viejo a como dé lugar. De paso, el director introduce otros personajes que acompañan al joven para contraponerlos y exponer el tema de la traición. La jubilación por edad y el escaso manejo de la tecnología son temas que están en función a una idea que se resume a que la experiencia llevada a un plano superior, basada en el ojo de la sabiduría, es superior al caudal de la tecnología que carece de alma e instinto.

En cuanto al contexto, Lorenz presenta una ambientación del sur de los Estados Unidos que va un paso más allá del retrato provincial plagado de señales tolerantes aunque ligadas a los valores y principios de la Confederación. Además, muestra la euforia casi aldeana y la identificación de una colectividad con los futuros hijos ilustres, a la vez que plantea la posibilidad de la decepción ante la posibilidad de la falta de consolidación deportiva. En conclusión, aunque el realizador edulcora el final de su película proponiendo un happy end que invita a la complacencia del mainstream, Curvas de la vida es un filme que se disfruta. 

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