lunes, 5 de noviembre de 2012

80S: melancólicos y salvajes

Por Raúl Ortiz – Mory
LIMA subte tiene como punto de partida la noticia de la muerte de Loquito, personaje inspirado en Leo Bacteria, un cantante de la movida subterránea limeña de los años ochenta. Este hecho hará que diferentes personas, amigos o conocidos del finado, cuenten sus experiencias al lado del músico, dejando testimonio de la manera cómo una generación veía la vida en una Lima convulsa y de pocas esperanzas.
El último libro de Ernesto Carlín no pretende dar explicaciones ni ofrece cuestionamientos que ayuden a entender a una época ni a sus protagonistas. El autor desarrolla personajes que aspiran a un mundo de ideales basado en verle una cara distinta a la que impone el sistema. Sin embargo, el tiempo hace que sus pensamientos sucumban a los convencionalismos y las necesidades que asigna la sociedad.
El escritor propone un primer escenario temporal, el pasado, donde confluyen figuras de disímiles orígenes sociales, unidos por la disconformidad existencial que los gobierna. Los años ochenta no solo fueron tiempos de terrorismo e hiperinflación económica, también marcaron a una generación de jóvenes que exigían manifestaciones artísticas más cercanas a ellos, lejos de los intentos académicos o de las propuestas comerciales. Así nació la movida subterránea, la que hizo del centro de Lima su fortaleza y que no se sentía representada por algún poder político, económico o religioso.
En la novela de Carlín, el pasado sirve para explorar un mundo de actitudes genuinas. La cantidad de voces que describen la Lima ochentera pone en evidencia que el autor no se queda con la visión gregaria de los aspirantes a subtes. Más allá de estar unidos por gustos y disgustos, sus personajes no son planos ni suenan a lo mismo, tienen voces propias, más allá de que casi todo el tiempo actúen en gavilla.
El segundo escenario que propone el autor, el presente, se presenta con una movida subte moribunda que tiene a sus representantes con trabajos “normales” o aceptados socialmente. Cargar con responsabilidades que veinte años atrás se veían insulsas y lejanas son las semillas de una nueva disconformidad. No obstante, la nueva vida es aceptada con desesperanza y decepción.
El lenguaje que emplea Carlín es callejero, suena como una andanada de patadas por el asfalto, pero no deja que llegue a un nivel ramplón. Los testimonios de Jorge – un exmúsico adicto a las drogas que vive nuevos tiempos como padre de familia –, Verónica – una burguesa venida a menos con actitud de paladina democrática – Charly, el periodista que en otros tiempos seguía a las bandas subte en sus recorridos salvajes – y la vida de Loquito – el imán y justificación del relato – son narrados por Carlín sin credenciales de corrección o bases de moralismo. El autor encara la novela con un lenguaje directo, sin rodeos ni anestesia, con escenas duras y realistas.
LIMA subte no es una postal de chicos rebeldes que andan masticando sus amarguras. Es una novela fresca, ágil, coherente, representativa, nostálgica y, hasta cierto punto, mordaz. En esencia, el retrato de un momento del Perú y de una generación que veía cómo sus ambiciones se diluían, pero que no dejó de creer en sus sueños.

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