jueves, 2 de agosto de 2012

Boxeo, música y crimen



Por Raúl Ortiz - Mory

La polémica pelea entre Jack Dempsey y Luis Ángel Firpo en Nueva York, el estreno de la primera sinfonía de Mahler a cargo de Strauss en Buenos Aires y un misterioso crimen que lleva casi 70 años sin resolverse, confluyen en un relato trepidante que juega con los tiempos y las voces narrativas. Segundos afuera, la novela del escritor argentino Martín Kohan, es un eficaz ejercicio de construcción literaria que toma la forma del género policial para explicar las diferencias entre el sofisticado mundo de las artes  y la cultura de masas.  A continuación, una entrevista con el autor – ganador del Premio Herralde de Novela 2007 – quien estuvo de paso por Lima con motivo de la 17 Feria del Libro.


¿Crees que la construcción en varias dimensiones de Segundos afuera sirve como sostén para explicar una lucha entre la alta cultura y la cultura popular en medio de una trama policial?
Segundos afuera es el libro que más planos tiene de todos los que he escrito, tanto temporales como narrativos. Se trata de varios mundos orbitando alrededor de un crimen policial. De todos mis libros es el que tiene mayor cantidad de dimensiones, que se van cortando e interceptando unas a otras. La cuestión del policial entra porque me parecía que el peligro en el armado del libro estaba en el juego que intento con los tiempos, que podía no bastar como sostén de construcción del relato. Tenía que haber además un hilo de acción y de intriga, y nada mejor que el componente policial para articular todos esos elementos que estaban flotando. El riesgo del libro era la desarticulación de todos sus elementos. Por ello, era necesario un eje que uniera los tiempos a través de la investigación de un crimen de una resolución casi desesperanzada, imposible y despenalizada. Todo esto me permitía retomar y plantear el escenario del que hablas: la tensión entre dos planos culturales; el de alta cultura o cultura sofisticada que está representada por la idea de un maratón de conciertos que Strauss dio en Buenos Aires, respecto al de la cultura popular con la narración de la pelea entre Luis Ángel Firpo y Jack Dempsey.

 Sobre todo por la construcción de dos personajes que representan ambos estratos culturales y que no caen en los estereotipos.
En un inicio, lo que pensaba para este libro era ir a contramano de las hipótesis habituales de que estos mundos culturales puedan dialogar, interactuar, donde las fronteras son permeables; ideas completamente atendibles y quizá verdaderas, pero que a mi entender debilitaban una instancia de conflicto. Lo que yo quería era recuperar las tensiones del conflicto y hacerlas convivir. Aún así hay un conflicto irreductible y una tensión que no se resuelve. En Segundos afuera  hubo dos líneas de resolución. La primera tiene que ver con la idea de inducir al lector, a propósito del tema criminal, para orientar la tensión hacia la violencia popular, como si fuese el mundo popular el que merece la sospecha cuando hay delito de por medio. La otra dimensión se remite a los dos personajes, Verani y Ledesma, que situé en un mundo chico de convivencia como el que se da en los pueblos de provincia y la redacción de un diario del interior. La puesta en escena dispone una camaradería que quizá ni ellos mismos hubiesen pensado que sería posible. Los diálogos de algunas escenas hasta podrían parecer de enamoramiento donde Ledesma invita a su casa con rara insistencia a Verani para que escuchen la música de Strauss mientras comen algo, siendo Verani un hombre orientado a la cultura popular. Trataba de no poner a los personajes en un estado de pelea ni de disputa, sino en busca de un acercamiento que sin embargo parece imposible, porque parece imposible para ellos entenderse.

Otro aspecto de la novela es la dirección que va tomando a partir de las voces que la cuentan: un narrador que relata la pelea y la historia del árbitro, los diálogos entre Ledesma y Verani, la voz de Roque el joven periodista que indaga en un crimen que tiene casi 70 años…  
Esta es una novela que por tener una pluralidad de líneas de trama, de tiempos, con historias desarrolladas en 1923, 1973 y 1990, requería un trabajo de capas donde las voces estén de acuerdo a estos cambios temporales. El tema de las variaciones constantes, a través de los puntos de vista sobre la pelea y sobre la muerte que envuelve a uno de los músicos de Strauss, me llevaron a incluir muchas voces. La idea inicial era contar la novela en 17 capítulos a razón de uno por segundo, que fueron los mismos segundos que pasó Dempsey fuera del ring a causa del golpe que le dio Firpo. Contar un segundo por capítulo quizá hubiera representado hacer la novela más lenta del mundo (ríe). Queda claro que el texto no iba a poder sostenerse en los 17 segundos, pero hay una parte del mismo que apuesta por esa captación milimétrica sobre la experiencia de la caída de Dempsey.

La novela también habla de forma minuciosa sobre música clásica y sobre boxeo ¿Hubo algún tipo de investigación previa para contar tantos detalles o eres seguidor de ambos temas?
Ninguna de las dos. Todos es efecto de escritura.

¿Refutable?
Sí, por cualquiera que conozca de verdad (ríe). Honestamente, me gusta mucho Mahler. Por otro lado, aún guardo un ejemplar de la revista deportiva El Gráfico de 1979 donde se conmemoran los 60 años de la publicación y que entre sus páginas hace referencia a los grandes acontecimientos del deporte argentino. En esa edición se habla sobre la pelea entre Firpo y Dempsey. Yo no llamaría investigación a la revisión de esas dos páginas. Es una referencia y una apoyatura empírica, a la vez; a la que se ha sumado una serie de datos inventados. La verdad ya no me acuerdo de qué inventé y qué no. El nombre del árbitro es real, Jack Gallagher. El segundo nombre del árbitro lo inventé, le puse Slowest a modo de chiste por la lentitud con la que contó los segundos que Dempsey estuvo en el piso. El fotógrafo que sufre la caída de Dempsey, Donald Mitchell también es inventado, aunque hay un biógrafo de Mahler que lleva ese nombre. Es un tema netamente mío, un juego. Repito, no hay un trabajo de investigación y tampoco es una novela que requiera un nivel de erudición.

Sin embargo, en algún sentido, es didáctica y funciona para acercar a un público que no sigue ni el boxeo ni la música clásica
Te cuento algo, yo soy profesor de Literatura en la universidad, y a veces, hay un prejuicio de exceso de solemnidad hacia nosotros. Somos personas como cualquier otra que no tienen que ser vistas como tipos solemnes que hacen cosas eruditas o demasiado elaboradas. Así como la novela está trabajada en diferentes planos narrativos y temporales, también está trabajada con datos de Mahler y de música clásica que cualquier persona puede entender o manejar, o con conocimientos adquiridos por alguien al que le gusta el boxeo, pero que no es un experto. No se trata de volcar conocimientos que solo serán entendidos por especialistas. Uno escribe desde ópticas diversas, sobre mundos distintos. Lo importante está en cómo se dicen las cosas.

¿Cuál fue el disparador de la novela?
El primero fue la idea de los 17 segundos. Esto tiene que ver con mi interés por trabajar el tema de la épica de la derrota. Hay una idea de la Argentina y del imaginario argentino de que es un país que fue destinado a ser potencia preponderante y que luego se ve en la necesidad de explicar su evidente fracaso, pero que tiene una desmedida ambición de grandeza. Entonces, me gustó someter esa idea del imaginario a las escenas de derrota, de despojo, y la idea de que Firpo debió haber ganado porque Dempsey estuvo tendido 17 segundos, tiempo que excede lo reglamentario. Se trata de hablar sobre el héroe derrotado, algo que toca el imaginario argentino: la figuración mítica de la grandeza vencida.

¿Una especie de desmitificación?
 Así es. En varios de mis libros toco el tema de la mitificación de lo que significa ser argentino. Quizá lo abordo porque no creo en ningún tipo de mito nacional, aunque alguna vez creí. Tiene que ver con el fervor patriótico, con la vehemencia y el orgullo nacional; ello me convoca a trabajos literarios a contrapelo de todo lo que normalmente se cree.

¿Quizá en algún momento te animes a desmitificar a grandes figuras populares de tu país como, por ejemplo, Perón?
(Risas). Alguna vez hice un ensayo sobre la inmortalidad de Eva Perón y otro sobre José de San Martín como ‘Padre de la Patria’, este último de un libro titulado Narrar a San Martín, que habla de cómo los mitos pasan sin advertir de qué manera han sido fabricados. En el caso de las ficciones que he escrito, la estrategia es otra. Por ejemplo, en Segundos afuera nunca creí que lo conveniente fuera que Firpo narrara. En cambio, que lo hiciera Dempsey, que es el hombre que no entiende lo que está pasando, me resultaba más atractivo. Es una experiencia distinta, que se inicia en el momento en que recibe el golpe y culmina cuando se repone. Toda la primera parte es eso. También narra el árbitro que es el personaje desconcertado, pero Firpo nunca. Narran todos, menos el personaje argentino.

¿Qué tiempo te tomó hacer esta novela?
La verdad, ni me acuerdo.  La escribí a mediados del 2004 y se publicó en el 2005. No me lleva mucho tiempo escribir cuando tengo las ideas bien pensadas y Segundo afuera es un ejemplo de ello, a pesar de su manejo de voces narrativas y su entreveramiento de capas temporales. No sería capaz de lanzarme y pensar las cosas sobre la marcha. En realidad, la escritura de esta novela no me habrá llevado más de tres o cuatro meses. A veces me pregunto cómo será la experiencia de los colegas que vienen escribiendo una novela por cuatro o cinco años. Algunos textos me han salido en mes y medio y aún así no recuerdo cosas que he puesto al inicio del mismo texto, entonces ¡cómo se acuerdan aquellos que empezaron hace cuatro años! (risas).

¿Escribes de un tirón?   
No es algo que me proponga con premeditación. No escribo hasta tener cierto grado de maduración de lo que quiero decir. Museo de la revolución es una novela que escribí después que Segundos afuera y que me tomó 40 días. A veces, me voy a un café y avanzo un poco, al salir sigo pensando en la frase siguiente que servirá de enlace hasta que aparece con fuerza y nitidez. Anoto en papeles sueltos y sigo pensando hasta que vuelvo a escribir. Pienso mucho las frases que voy poniendo mientras voy ensayando una idea. Es un ejercicio continuo.

Algo desgastante
Desgastante para las pobres personas que viven alrededor mío. Esa fuerte concentración no es más que una fuerte desatención de las responsabilidades, de las cuentas que hay que pagar o de las que hay que atender en casa (risas). Recuerdo que 20 de los 40 días que me tomó escribir Museo de la revolución coincidieron con el tiempo en que mi hijo estuvo de vacaciones. Fue un tiempo en que casi no dormí y viví en un estado eléctrico que felizmente fue a parar en la escritura. Todo el tiempo escribía por más que yo intentaba ponerme algún horario. Era como si mi cuerpo me pidiera seguir con la escritura. Me despertaba a las seis de la mañana ansioso por seguir escribiendo, a pesar que me había acostado muy tarde. Eso se debía fundamentalmente a que el texto ya había tomado forma.

La última, ¿crees que el tema editorial es lo que une a los escritores de tu generación?
No creo que sea así. La elección de los sellos editoriales define una afinidad que ellos detectan en nosotros. No es que nos volvamos afines porque estamos en un mismo sello. Una vez me preguntaron qué teníamos en común autores como Fresán, Pauls, Zambra, Bolaño o Bellatín y yo respondí: Anagrama. Eran escritores mencionados por la persona que preguntaba y yo pensaba por qué solo menciona a estos autores. Me llamó la atención advertir que nuestros libros salen por la misma editorial. Detectar autores diferentes, pero a la vez afines en algunos aspectos, es parte de lo que cabe esperarse de una editorial.

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