jueves, 13 de diciembre de 2012

Contra la memoria



Por Raúl Ortiz – Mory
David Rieff cree que la memoria histórica es una de las peores marcas que pueden tener las naciones, muchas veces distorsionada a servicio de los más poderosos. Sostiene que recordar los momentos más dolorosos del pasado de un grupo humano lo lleva a vivir con resentimientos al borde de generar algún tipo de conflicto bélico. Por ello, su libro, polémico y lúcido, propone, entre muchos postulados, que el olvido es la mejor herramienta para tentar la paz y el progreso de los países.

“Como toda persona razonablemente versada en historia, siempre di por sentado que yo distinguía la diferencia entre la historia crítica de los historiadores y las memorias colectivas de los pueblos y naciones, psicológicamente verosímiles pero de historicidad dudosa. Sin embargo no creí que mereciera la pena ocuparse del asunto sino hasta mediados de los años noventa, cuando ejercí como periodista cubriendo la guerra de Bosnia. Aquella masacre (es de una inexactitud repugnante llamarla guerra, pues los serbios tuvieron las armas y la pericia, y, durante todo ese periodo, las Naciones Unidas y las grandes potencias hicieron todo lo posible para impedir que los bosnios tuvieran acceso a las armas necesarias) emponzoñó para siempre mi idea de rememoración. Es inútil pretender una objetividad de la que en efecto carezco. En las colinas de Bosnia aprendí a detestar, pero sobre todo a temer, la memoria histórica colectiva. Al apropiarse de la historia, mi pasión perdurable y mi refugio desde la infancia, la memoria colectiva lograba que la propia historia no pareciera sino un arsenal de armas necesarias para continuar las guerras o para mantener una paz endeble y fría. Lo que presencie en Bosnia, en Ruanda, en Kosovo, en Israel – Palestina y en Irak no me ha dado razón alguna para cambiar de parecer. Este libro es el fruto de esa alarma”.

Esta cita se desprende del prefacio de Contra la memoria, polémico libro de Rieff donde cuestiona los efectos de la memoria colectiva en la concepción y el destino de las naciones, sobre todo cuando son utilizados para azuzar a la población en tiempos bélicos. Rieff dice que una cosa es afirmar que la historia no tiene sentido intrínseco, sino que su sentido deriva del modo como los seres humanos la ordenamos y le infundimos un sentido real. Además refiere que es muy distinto asignarle una duración, incluso a esos sentidos construidos, y realmente aceptar el hecho de que, a muy largo plazo, todo lo que hacemos y somos está destinado al olvido.

En su ensayo, Rieff pone un ejemplo práctico para entender su postulado:

“Para la mayoría de los australianos o neozelandeses, honrar la memoria de los caídos en Gallipoli no solo tiene aún sentido histórico, sino ético, pues al hacerlo (sobre todo porque hay muchos inmigrantes recientes en ambos países en la actualidad) honran su sentimiento de identidad nacional. Pero incluso los más inclinados a la historia no sostienen que exista un imperativo moral o haya utilidad cívica actual con la celebración de oficios religiosos que honren a los normandos y anglosajones caídos en la batalla de Hastings en 1066 o a los caídos en las batallas de Sekigaha en 1600 y en el castillo de Osaka en 1615 que condujeron a la instauración del shogunato Tokugawa en Japón, y menos aún en la batalla de Salamina entre atenienses y persas (480 a.C.) o en las batallas de la guerra Chu – Han en China (206 – 202 a.C.). En efecto, celebrarlos sería moralmente absurdo. Y, sin embargo, estas batallas fueron tan determinantes en su momento, estuvieron tan fuertemente afianzadas en la mente y el corazón de la gente que las vivió y para las muchas generaciones venideras como los sucesos del 11 de septiembre, digamos, lo están para nosotros en la actualidad”. 

Para el intelectual la memoria colectiva “construida” que puede enfurecer y alborotar a una comunidad en una etapa histórica puede perdurar de un modo no solo inocuo, sino en verdad insignificante en la cultura del agravio y resentimiento dos generaciones más tarde.

En términos prácticos, Rieff sostiene que la memoria histórica se reduce exactamente a la identificación y la proximidad psicológica, en lugar de la precisión histórica, y menos hacia una hondura política. Una de sus dualidades más controvertidas radica en que si la memoria histórica se construye o se imagina, si es un invento o se lega. Para Rieff el nacionalismo es tan solo una emoción. Al explicar cómo la historia juega un papel fundamental en la construcción de las naciones, Rieff se apoya en las ideas del historiador francés Ernest Renan quien escribió que el olvido, e incluso el error histórico, son un factor esencial en la creación de una nación. Renan manifestaba que el progreso de los estudios históricos es a menudo un peligro para el sentimiento de la construcción nacional: “La nación siempre elige el mito – codificado en el recuerdo – por encima de la historia. Las naciones no son eternas, tuvieron su principio y tendrán su fin”.

La experiencia de Rieff como reportero que cubrió la Guerra de los Balcanes lo llevó a concluir que la memoria colectiva histórica siempre ha sido construida por el hombre con algún tipo de fin, sea bueno o malo, y que este mismo hombre ha instado a que no la investiguemos muy de cerca, para que en cambio nos dejemos arrastrar por intensos sentimientos revestidos de hechos históricos, aunque el sentimiento sea de solidaridad, de pena, de amor por la propia nación o el odio hacia otra. Sobre la relación entre la memoria colectiva, la rememoración histórica y el análisis de los hechos más importantes del pasado de las naciones, Rieff recurre a Nietzsche, quien dice: “No hay hechos, solo interpretaciones. La interpretación que prevalezca en un momento dado es una función del poder y no de la verdad”.

Rieff subraya que la memoria histórica no puede ser lo que recuerdan los individuos. Prefiere decir que aquellas personas que no presenciaron un acontecimiento que define la identidad de su nación fueron instruidas por narraciones familiares, por la educación en las distintas etapas de sus vidas o por las ceremonias conmemorativas. Estos recuerdos para el autor no solo son imprecisos, sino que son imposibles. “Simplemente no se puede conjugar el verbo recordar en plural a menos que nos refiramos a los que presenciaron lo recordado, pues recordamos en cuanto a individuos, no como colectividades”.

En Contra la memoria se sustenta que la memoria histórica colectiva, tal como las comunidades, los pueblos y las naciones la entienden y despliegan, ha conducido con frecuencia a la guerra más que a la paz, al rencor más que a la reconciliación y la resolución de vengarse en lugar de obligarse a la ardua labor del perdón. Entre los ejemplos que brinda Rieff están los casos de los pueblos kurdos, palestinos, bosnios, israelíes, entre otros. Estos han alimentado resentimientos desencadenando guerras que tienen una causa que, ahora, podría parecer incomprensible pero que han bebido durante siglos.

El filoso análisis de Rieff también alcanza a las voces que critican la falta de rememoración. El hijo de Susan Sontag afirma que esas mismas voces son las que a menudo declaran que si las sociedades carecerían de rememoración se caería en un desastre moral o político. Tampoco cree que no haya que rendir memoria a los propios muertos. “Sería un empobrecimiento moral y psicológico de proporciones trágicas. Pero la conmemoración no es solo una exigencia ética; es un riesgo político, a veces incluso existencial”.

En conclusión, Rieff señala que la memoria histórica casi nunca es tan receptiva a la paz y a la reconciliación como lo es al rencor. Por eso, aclara, hay poderosos argumentos para sostener que lo que garantiza la salud de las sociedades y de los individuos no es su capacidad de recordar, sino su capacidad para finalmente olvidar. No obstante, hace una salvedad al manifestar que el olvido no debe ocurrir inmediatamente después de un gran crimen o incluso cuando sus perpetradores andan sueltos. “Es obvio que hay periodos en los que las relaciones entre los estados pueden mejorar y los muchos resentimientos eliminarse si el Estado que ha cometido un crimen reconoce su culpabilidad”. Esta última idea parece ser un poco ingenua, aunque válida.

Termino este artículo con una pregunta del mismo Rieff que quizá podría servir para que muchos países, en el mejor de los casos, no lleguen hasta la Corte de la Haya, y en el peor, no recrudezcan guerras milenarias: “¿Viviríamos en un mundo mejor si, en lugar de creer con tanta firmeza en la memoria histórica como imperativo moral, eligiéramos en cambio olvidar?”.

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