viernes, 28 de septiembre de 2012

Retrato de una figura indómita


Por Raúl Ortiz - Mory

“Si Violeta Parra hubiese sido gringa, equivaldría a tres Bob Dylan”, ha dicho el cineasta chileno Andrés Wood, en referencia a la dimensión artística de la cantautora sureña y a su influencia en el desarrollo del folclore latinoamericano. Estas declaraciones las dio en el contexto de la presentación de su último filme, Violeta se fue a los cielos, donde con un toque poético narra las alegrías y desgracias de un personaje contradictorio e intenso.  

Un rasgo subrayado de la película son las licencias líricas que a través de alegorías y metáforas propone Wood. Teniendo en cuenta que el filme se basa en el libro que escribió Ángel Parra sobre su madre, y que el autor se ha formado en un ambiente donde las artes han sido la estela del clan Parra, no sorprende que la película respire una atmósfera asociada a lo bucólico.

Si en Machuca, por citar una de las producciones más conocidas de Wood, el contexto es clave para entender la película, en Violeta… el entorno marca en un sentido que el realizador traslada al plano intimista para que el personaje adopte una visión tajante sobre la vida; se trata de absorber lo ajeno para iniciar una revolución interior y a partir de esta fuerza explicar un concepto de prójimo.  

Los saltos temporales en la narración de la cinta, que tienen como eje una entrevista que le hiciera la televisión argentina en 1962 – donde se escucha, y se siente, a una Violeta irónica, desenfadada y alerta – ayudan a reforzar la idea de no caer en una narración cronológica que aplastaría el desarrollo del personaje desde el enfoque intimista.

Violeta… no es un biopic. No se detiene en un recorrido secuencial anecdótico donde se describen circunstancias o hechos tales como dónde nació o dónde cantó o cómo llegó a exponer en el Lovre o cómo murió, sino que se trata de transmitir el espíritu de un personaje indómito, apasionado y, a ratos, furibundo, que no es fácil de entender, que se alimenta de sus contradicciones y de su idealismo. Es su entorno el que nutre un alma acorazada por el carácter iracundo que la domina.

Wood parece saber que no es fácil retratar a una figura con tanto matices, pero escoge algunas reacciones extremas de la chilena para dejar testimonio de la fortaleza y la fragilidad que la distinguieron. Por ejemplo, cuando a pesar de todas las pérdidas económicas que le causaban mantener su carpa musical se aferra a su proyecto con uñas y dientes, o cuando la cantante le ruega a Gilbert Favre – el músico suizo que aparece como el gran amor de Violeta en el filme – para que se quede con ella a pesar de la sospecha que tiene sobre una amante. Wood elige conductas vitales para hacer de su producto una pieza con nervio sin caer en el cansancio que genera la alabanza. Además, reitera el concepto de artista integral que tenía Violeta para medir su envergadura creativa.

Francisca Gavilán, la actriz que hace de Violeta, le toma el pulso al personaje y cumple satisfactoriamente con su interpretación. Llena la pantalla. Wood saca lo mejor de Gavilán y no da opción a que los cambios de humor repentinos se evidencien como registros complejos: es la naturalidad la que prima en la actriz. Si bien su timbre al cantar no es igual al de Parra, el esfuerzo por meterse en el personaje es loable – aprendió a tocar la guitarra y charango como diestra cuando en realidad es zurda, tuvo charlas interminables con Ángel Parra y amigos de la cantautora –.     

Por otro lado, el deslinde ideológico es algo que importa mucho a Wood. Su tratamiento es sutil pero efectivo, apelando al humor en varios pasajes. Violeta no es socialista en un sentido político ligado al comunismo. La cinta no se fija en la adhesión política por afinidad, por el contrario, explota el lado marginal que por naturaleza le tocó vivir al personaje y desde esa visión se percibe su afinidad con los desvalidos. Ni siquiera el viaje que efectúa a la Polonia comunista desdibuja la imagen de artista comprometida con las causas sociales, a distancia de los regímenes de turno.

La primera imagen del filme, un ojo a medio cerrar, es la síntesis de lo que fue Violeta Parra: el símbolo de una vida que pasa por sueños idealistas y por una dura realidad. Siempre a medio mirar, siempre reacia a hacerlo como otros están acostumbrados a ver. Wood propone y atribuye a su personaje el dolor como seña y fuerza de sus acciones.  Con Violeta… Wood mantiene el buen nivel de su filmografía y ya son seis las películas que ha rodado el chileno.     

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