miércoles, 8 de febrero de 2012

Volando con una Cometa por la selva


Por Raúl Ortiz - Mory

Dos de las paredes que sostienen el departamento de Marco Avilés tienen libros de todo tipo: literarios, de no ficción, ensayísticos, históricos, geográficos, filosóficos, etc. Sin embargo, hay una publicación que destaca sobre las demás – a primera vista por su gran tamaño, parecido al de una TV de 32 pulgadas – y que ahora es la misma que sostiene su vida. Se llama Cometa y comprende un reportaje de 78 páginas, entre texto y fotografías, que narra la historia de Aladino, un poblador machichenga que vive cerca al Lote 88 del gas de Camisea. Junto al fotógrafo Daniel Silva, Avilés cocinó este reportaje durante tres años para contar que las comunidades nativas no responden a esa imagen caricaturesca que se tiene habitualmente y que cada día están más amenazadas ante el avance de la cultura occidental. “Y no me compadezcas” reza un texto al pie de la imagen del ‘Cholo’ Sotil, trabajo del dibujante Cherman, que está clavado en la tercera pared del ‘depa’, y que también podría ser la oración final del reportaje. En esta entrevista Avilés, quien ahora lee un libro sobre ballenas, detalla entretelones del arduo trabajo que implicó Cometa, de la aventura que significa fundar una editorial propia y de los principios éticos de la crónica periodística.
¿Cómo nace la idea de hacer Cometa?
Es una iniciativa que tuvimos con Daniel Silva, fotógrafo con el que trabajo desde los tiempos de El Comercio y con quien después he trabajado en dupla desarrollando crónicas para diferentes publicaciones. Podría decir que, periodísticamente, hemos madurado juntos. Sin embargo, llegó un momento en que tomamos conciencia que ya estábamos con poco más de 30 años y que es muy difícil vivir siendo un periodista free lance, las responsabilidades aumentaron y entonces decidimos formar esta empresa, Cometa Comunicación. Esta editorial se dedica a hacer reportajes, libros, revistas por encargo. Si bien en el mercado ya existe este tipo de oferta, nosotros decidimos entrar con una propuesta distinta. Nuestra filosofía responde a un momento en que hay una crisis del papel, donde cada día se cierran más periódicos en todo el mundo. Ello ha llevado al periodismo impreso a un momento inédito donde se invierte poquísimo por buenos contenidos, donde los textos son pequeñísimos por esa falsa idea de que la gente lee poco. Paralelamente, en muchas partes del planeta empiezan a nacer editoriales independientes, una especie de respuesta a esta crisis de una manera absolutamente imaginativa. Un ejemplo es la revista Orsai, con una propuesta creativa de distribución donde los lectores son los propios distribuidores y donde se elimina la figura de las librerías. Lo dijo alguna vez el director de Orsai, Hernán Casciari, las librerías se llevan el 50% de la ganancia, algo que a nosotros también nos parece demasiado.

¿Cómo crees que lee la gente ahora?
Es un momento alucinante porque las editoriales de las que te hablo, tipo Orsai o The Atavist de Estados Unidos – que publica historias de largo aliento que van de 10 mil a 15 mil palabras y que pueden leerse en Kindle, Ipad o algún otro tipo de tabletas – o la española Libros del KO – que publica solo libros de periodismo –, tienen en común que son hechas por personas con un rango de edad entre 30 y 40 años, que rompen con lo tradicional y crean algo innovador, que cree que al lector no se le está dando buenos textos y que propone buenos artículos periodísticos: extensos, entretenidos, bien escritos y bien investigados.

Contrariamente a lo que algunos dicen, existen lectores para este tipo de textos y podría haber más. El lector está allí. Los que han cometido el error han sido los dueños y editores de las revistas y los periódicos que veían cómo las ventas de sus productos caían, entonces decidieron competir con Internet a través de textos breves, tipo pastillas, cuando los dos formatos tienen objetivos distintos. El Internet te permite desplazarte de una página a otra y te actualiza la información en minutos, un periódico no tiene nada que ver con eso. Mientras que el redactor del periódico impreso publica una nota de 350 palabras por día, - en promedio – el redactor de un portal publica de 20 a 25 notas por día, es un tipo de trabajo distinto. El hecho de que los periódicos impresos hayan pasado a publicar muchas pastillas de información no ha elevado su nivel de ventas, ello demuestra que escribir textos cortos no ha sido la solución. La gente lee textos largos y quiere seguir haciéndolo ya sea en Internet, el Ipad, en los teléfonos, y nunca dejará de hacerlo.

Sin embargo, a veces se cree que este tipo de textos tiene un perfil de lector bien marcado, un segmento específico ¿Crees que es así?
No. Antes se pensaba que el cronista era algo parecido a un poeta porque estaba un poco alejado de la realidad, que volaba mucho y que su habilidad específica consistía en jugar con las palabras para construir bonitas frases, que su público era reducido. Pero yo que vengo de la escuela de Etiqueta Negra, donde si bien hay un culto por la palabra y la frase, creo que el trabajo esencial del cronista es la investigación, quizá de una manera obsesiva. Si no realizas una buena investigación y no encuentras algo nuevo que contar creo que no se hace una buena crónica, por más que escribas bien. Es un tema de fondo y forma.

¿Cómo fue el trabajo de investigación para el reportaje sobre la familia machichenga que se ha publicado en el primer número de Cometa?
Fue muy arduo. Aunque creo que todavía estoy en deuda con esta historia. En algún momento me gustaría volver a la selva para hacer un trabajo más extenso. Si bien muchas de las cosas que se leen en el reportaje tienen que ver con la familia de la que hablo y a la que he visto, para hacer el texto tuve que leer mucha información de diferente procedencia: documentos legales, informes del Ministerio de Salud, documentos de la Defensoría del Pueblo, monografías de antropólogos, visitar el Centro Cultural José Pío Aza, entre otras instituciones. Entrevisté a muchas personas para entender el mundo del que estaba hablando, pero que no aparecen en el reportaje. Sirven como fuentes informativas que ayudan a entender mejor la realidad de la que uno luego va a escribir.

¿Cómo haces para procesar los datos duros para que no se lea como algo aburrido o pesado?
Hay que tener en cuenta que la crónica se trata de contar historias, de escenificar situaciones, con ello el lector se mueve a través de todo el texto. Hay que contar la historia de una persona, de una comunidad o del pueblo, agregándole cierto clima. Cuando yo empecé a escribir abusaba de las palabras, ahora recurro a un lenguaje más sencillo, mucho más acorde a como me gusta leer ahora y de acuerdo al lector de estos tiempos. Tiene que ver con la maduración del periodista, a cómo ves las cosas ahora. Definitivamente, ya no leo como antes. Hay cosas que ya no leería nuevamente. Además, el tipo de vida influye mucho, ahora todo es más intenso. He dejado de leer novelas, siento que no me enganchan. Leo literatura de textos más breves o algo que esté relacionado a lo que hago, como reportajes extensos. Volviendo a lo anterior, los datos duros no se sienten porque cuento la vida de una familia machiguenga a lo largo de 16 capítulos, algunos extensos y otros breves. Esto permite que el lector pueda detener la lectura en cualquier momento sin ninguna complicación y retomarla uno o dos días después. Esas separaciones guían al lector.

¿Te disgusta la forma en cómo están escritos tus textos anteriores, por ejemplo el reportaje sobre la Inca Kola o tu libro ‘Día de Visita’?
No. Por ejemplo, a ‘Día de Visita’ lo voy a revisar y, de repente, corregir algunas cosas para una edición que se publicará en mayo o junio en España. Eso no quiere decir que esté en desacuerdo con lo que cuento en ese libro, solo lo retocaré para afinar la forma pero no para cambiar la esencia. Quiero respetar la forma en cómo pensaba y escribía en aquella época – hablamos del 2007 – pero sin darle un giro radical. 

¿Cómo eliges a tus personajes? En el caso de ‘Día de Visita’ tuviste que elegir 16 historias entre 50 mujeres que entrevistaste
Tiene que ver un poco con la intuición. Con lo que crees que es más interesante para uno mismo y para el lector. En el caso de un libro se trata de alcanzar una armonía entre la diversidad de historias. En ‘Día de Visita’ busqué que se hable de temas diferentes. Por ejemplo, hay una historia de la imposibilidad de una reclusa para tener sexo. Otra que cuenta lo difícil que es tener que vivir con tanta gente y el asco que eso produce. Otra historia cuenta la vida de una reclusa que tiene una cicatriz y que lleva al tema de la fealdad, entre otras.

Pero hay algo de lo que se habla poco: al exponer la vida de la gente y apostar por tu propia mirada, la relación entre el cronista y sus personajes no siempre llega a ser amable. A mi me ha tocado vivir muchas decepciones de parte de los personajes. Ellos después dicen que el periodista no contó la historia completa, o mejor dicho, como ellos hubiesen querido que sea, o te dicen que le diste mayor importancia a algo que ellos no encontraron muy relevante y viceversa. Algo muy común en la reacción de las reclusas fue que todas querían que el libro diga que eran inocentes, era el mismo motivo por el que se acercaron y accedían a las entrevistas cuando mi intención nunca fue esa, yo quería contar cómo era la experiencia del encierro en una cárcel. Ahora ellas sienten que el libro es muy sexual.

¿Alguna vez te has preguntado si has sido justo con tus personajes?     
Todo el tiempo. De hecho que el personaje tiene un interés que no siempre es el del periodista o el del lector. Tratar de encontrar el equilibrio es muy difícil. Tampoco se trata de mentir, de decirle al personaje una cosa para obtener una entrevista. La palabra que le das al entrevistado es lo más importante. Tienes que decirle la verdad desde el inicio, no crearle falsas expectativas. Hay un libro de Janet Malcolm, ‘El periodista y el asesino’, que habla sobre este tema, básico para los que empiezan en el periodismo. Trata sobre un periodista que promete a un acusado de asesinato escribir un libro donde podrá hacer sus descargos y que termina siendo un texto sobre lo cruel y despiadado que era el acusado. Al final, el periodista fue enjuiciado y obligado a pagar una reparación porque el periodista, por más que haya tenido la certeza de que el acusado sufría de patologías sicológicas, había quedado en un acuerdo con su fuente y no lo cumplió.

¿Eso de pasar mucho tiempo con los personajes no crea cierta empatía afectiva que al final condiciona el texto?
Gabriela Wiener tiene una frase que dice: ‘como las putas, los periodistas no dan besos’. Cuando haces una crónica o un perfil de alguien y pasas mucho tiempo con esa persona puedes llegar a sentir cierta simpatía, pero nunca debes perder el objetivo. Apuesto por pasar buen tiempo con mis entrevistados, que no me vean como a un forastero, pero sin perder de vista el enfoque inicial del trabajo.

¿Pasar mucho tiempo con los personajes también ayuda a entenderlos en un contexto distinto al habitual?
Claro. Por ejemplo, en una entrevista de dos horas con un político éste siempre va a mostrar su lado más gentil, servicial y preparado. En cambio en la convivencia podríamos ver cómo es en realidad. Y es curioso porque en estos tiempos, donde son pocos los medios que publican historias de largo aliento, se hacen textos donde los periodistas no alcanzan ese grado de conocimiento de sus personajes porque no tienen el tiempo suficiente. En consecuencia, los lectores solo leen textos superficiales. Y volvemos a lo del inicio: ¿por qué debemos juzgar a los lectores que leen textos de este tipo si no tienen una oferta distinta?  El lector es como el gourmet que si no le gusta un plato nunca más lo vuelve a pedir. Al lector, si un libro le parece malo nunca más comprará otro del mismo autor: todo el tiempo evalúa lo que consume.

¿Qué fue lo más difícil de la investigación sobre los maguichengas?
Uffff, en verdad todo fue difícil. Las distancias, la geografía, el clima, todo. Nosotros fuimos con nuestro propio dinero – que se acabó rápidamente – y nos desplazamos como lo hacen los lugareños, a través de botes que no sabes si se van a voltear, eso fue peligroso. Pasamos el riesgo de contraer enfermedades o ser mordidos por serpientes. Fue muy difícil. A pesar del calor, estábamos completamente cubiertos ante la probabilidad que algún insecto nos pique. También fue difícil perseguir a Aladino, el protagonista del reportaje, cuando salía de cacería, seguir su ritmo fue muy agotador. Transformar todo lo visto y vivido en un texto también fue difícil. Me ayudé de una cámara de video, una grabadora de audio, una libreta de apuntes, con las fotos de Daniel y con mi memoria.

¿Cómo fue el trabajo de escritura del reportaje?  
El reportaje lo escribí en medio año porque no tenía deadline. No había la seguridad de venderlo a algún medio y lo escribía de a pocos. Cuando decidimos hacer la empresa recién pisé el acelerador. Hubo un tiempo en que viví obsesionado con la historia y hasta ahora sigo leyendo libros relacionados. A diferencia de la ficción donde la relación del escritor con su historia se termina cuando se concluye el libro, el reportaje tiene personajes que seguirán sus vidas después de haberse publicado. Uno no los controla, no nos pertenecen.

¿Qué pensaban los machiguengas sobre ustedes?
Todo el tiempo se la pasaban riéndose de nosotros. Nos veían como extraterrestres. El guía les explicaba que estábamos en su comunidad para conocer sus costumbres. Una de las cosas que más me gustó experimentar fue el hecho de sentir que no éramos superiores por haber llegado con tecnología y un montón de cosas, en realidad nosotros dependíamos de ellos. La naturaleza es muy dura y ellos se movían tranquilos a través de ella. Lo bueno es que los machichengas son un pueblo de buen carácter que están riendo todo el tiempo, a diferencia de los nahuas con los que no tuvimos contacto.

¿Cuál fue el momento más emotivo de todo el viaje?
Quizá la cena que compartimos con ellos en la última noche del viaje. Nosotros habíamos levantado una carpa donde dormíamos con nuestras cosas y nos alimentábamos con nuestra propia comida. A pesar de que no nos comunicábamos directamente – lo hacíamos por medio del intérprete – nos trataban como invitados.

A pesar de lo que mucha gente cree sobre ellos, en el sentido de que han elegido este tipo de vida o que viven en un ‘aislamiento voluntario’, en realidad son personas que han sufrido mucho, han sido obligados a retirarse al monte, primero a raíz de la fiebre del caucho, situación que los llevó en muchos casos a la esclavitud. Años más tarde, en los años 80, una gripe contagiada por personal de una empresa petrolera que exploraba la zona mató a la mitad de un poblado nahua. De eso hace solo 25 años, aproximadamente, y hasta ahora la mayoría de peruanos no sabe cómo viven estas personas. Creo que el Estado tiene un compromiso pendiente con estas comunidades. Solo hablamos de la tragedia del terrorismo pero no decimos nada sobre este tipo de tragedia. Con el boom del caucho ellos vivieron su propio Apocalipsis, fueron desterrados y esclavizados.

¿Qué desean ellos?
En particular, la familia de la que hablo en el reportaje, valora mucho la tecnología y la ropa. Sus atuendos son pesados y gruesos, prefieren ir más frescos, los polos de algodón les ayuda a sentirse más cómodos. Valoran los machetes y las ollas de metal sobre las de barro porque cocinan más rápido y consumen menos leña. Pero si me preguntas qué es lo que exactamente ellos quieren no sabría responderte porque no se los pregunté. Ellos no tienen idea de lo que hay más allá de su comunidad. Menos de lo que es una ciudad. Ellos no eligieron vivir así. Es el resultado de varios acontecimientos.

¿Editorialmente, qué se viene?
Seguiremos con este proyecto de periódico cada tres meses. También publicaremos libros: uno, sobre entrevistas a mujeres en el tocador de algunos baños; y un libro mío sobre crónicas de viajes sobre el Perú más insólito. Tanto para Daniel como para mí, Cometa es una oportunidad de ir explorando una posibilidad distinta para acercarnos a los lectores a través de una distribución no tradicional. 

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